Reflexiones de un día cualquiera

Afirman que el temor paraliza. Es realmente cierto. Y en esta situación de urgencia social que vivimos, lo estamos verificando de manera continua. Es exactamente el temor una posible explicación a la carencia de movilización de millones de personas que viven situaciones extremas provocadas por la crisis. Frente a la pérdida de perspectivas vitales y en una situación de vulnerabilidad absoluta, el individuo más que combatir con lo que le puede estar delante, se concentra en mantener lo que ya tiene.

Esa es la explicación frente a la no reacción de bastantes personas. Si fuera verdad, podría explicar de qué manera las quejas y las continuas movilizaciones no se vuelven todavía más masivas, o bien no llegan a aquellos ámbitos de la sociedad más frágiles.

Pero cambiamos de punto de vista y en vez de fijarnos en las personas más necesitadas, visualizamos la parálisis de las élites políticas. ¿Por qué razón no reaccionan?

Pensemos, por ejemplo, en los máximos líderes del Partido Socialista Obrero Español y en su -aparente- nula capacidad de reacción. Ven -pues de esta forma lo apuntan diferentes encuestas- que día a día se hallan más lejos de la sociedad. Las perspectivas no son buenas y el único paseo que hallan es ofrecerse como acompañantes del gobierno, con acuerdos de diversa clase. ¿Sube el paro? Rubalcaba ofrece un Acuerdo a Rajoy. ¿Miles y miles de personas se manifiestan por una democracia mejor? Rubalcaba plantea ir así como el gobierno a reformar las instituciones. Y esta dinámica, de forma continua y constante, va en menoscabo de proponer una opción alternativa diferenciada, sólida y creíble, tras hacer un acto en contra por los pecados políticos cometidos desde mayo 2011. Y no lo digo yo, lo afirman exactamente los mismos votantes socialistas, que buscan, con ímpetu, un cobijo electoral.

Pero pensamos asimismo en el Partido Popular y en el gobierno central y el valenciano. Charlan de grandes reformas, pero solamente saben aplicar brutales recortes. Con su política, parecen apuntarnos que el inconveniente no es que el Estado funcionara mal o bien tuviese prioridades equivocadas, sino simplemente la administración es más grande de lo que nos podemos permitir. Por este motivo recortan sin reformar. Para los presentes gobernantes, por ejemplo, los parlamentos no precisan una profunda reforma para asegurar una mayor participación y que transformen un campo de dialogo de calidad, sino sencillamente deben tener menos miembros del Congreso de los Diputados. Parece evidente que, en un futuro hipotético de crecimiento, van a poder dar marcha atrás y volveremos a tener tantos miembros del Congreso de los Diputados como ahora, dedicados esencialmente a presionar botones y aplaudir el líder, como ahora. Y, con exactamente la misma lógica, volveremos a edificar parques temáticos, crear fundaciones propagandísticas, y ampliar -sin límite- la plantilla de las compañías públicas.

Por el hecho de que el problema, parece, es que hemos tenido demasiado política de la mala, y que podemos vivir midiendo mejor las cantidades, cuando menos de forma temporal.
¿Por qué razón no reaccionan? ¿En un caso así podemos justificarlos asimismo con el temor de perder lo poco que les queda?

Artículo escrito por Jorge Galindo.

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