Este fin de semana, el PSOE presentaba Crea Progreso, su red social para la fabricación colaborativa de su programa político. El PP ya tenía Popular.es, bastante similar. No se puede decir que sea una mala noticia. Al contrario: bienvenidas sean todas las ventanas. Pero sí puede argumentarse que, tanto en el caso de los socialistas como en el de los populares, han hecho un producto que no aumenta la participación, y que, en el mejor de los casos, facilitará la de aquellos que ya participan – los militantes.
La conceptualización del concepto de free rider, el 1-9-90 de Nielsen, los estudios sobre capacidad de atención ante los problemas públicos… Todas estas elaboraciones teórico-prácticas apuntan hacia un mismo sitio: cuando se pone en marcha un proceso participativo desde arriba (el activismo de base es otra cosa), la inmensa mayoría de personas afectadas por el asunto del que trata el proceso, y por tanto con derecho a participar, no lo hacen. Las elaboraciones referidas, y otras, se han dedicado y se siguen dedicando a explicar por qué sucede esto. Básicamente, podemos resumirlo muy simplificadamente en que las personas tienen cosas a las que dedicarse que consideran más importantes. Además, saben que hay otras personas que se están dedicando a participar. Así que, ¿por qué molestarse? Y eso contando con que llegan a enterarse de que el proceso está en marcha. Muchas veces, ni siquiera es así.
¿Cuál es el hilo conductor de este razonamiento? La actitud pasiva por parte de quien abre el proceso participativo. Si tú, Ayuntamiento X con muy buena voluntad, montas un “gran proceso participativo enmarcado en la Agenda 21″ que consiste en unas cuantas mesas redondas a las que cualquiera puede acudir y una página web en la que recibir propuestas, debatirlas, etcétera, básicamente no estás haciendo nada. Si tú, partido A o B montas una red social para que los ciudadanos “aporten ideas y conocimiento” a tu programa político, sólo estás abriendo una ventana para los que ya participarían de por sí. No debes esperar. Si Mahoma no va a la montaña, la montaña tendrá que ir a Mahoma.
Antes de seguir, hagamos nuestra la advertencia de Jakob Nielsen: es imposible deshacerse de la desigualdad en la participación. Simplemente, nunca participarán todos al mismo nivel. Eso es así. Ahora, avancemos. Decíamos que hemos de ir a Mahoma. Hemos de hacer algo tan viejo y tan sencillo como ponernos una camisa sencilla, salir a la calle y preguntarle a la gente. Preguntarle sobre el tema que sabemos que le interesa. Por supuesto, hemos de emplear herramientas adecuadas para ello (investigación social de escucha activa, lo llamamos los consultores), pero en esencia es, simple y llanamente, facilitar al máximo nivel la participación puntual de los individuos.
Por supuesto, esto sólo es una primera etapa. Después habrá que analizar, sistematizar la información recogida, y trabajarla, ahora sí, con las personas dispuestas a tener un compromiso más continuado con el proceso. Que, por cierto, como se ha empleado la campaña de escucha activa como campaña de difusión con la que esperamos que una parte de los afectados sienta y haga suyo el proceso, puede resultar en perfiles interesantes. Y, a partir de ahí, extraer resultados.
Claro, esto necesita tiempo, coordinación estratégica y un ingente trabajo de edición y reedición de los mensajes hasta convertirlos en conceptos simplificados que puedan ser, a la vez, soluciones y propaganda política. Sí, propaganda política. No tiene sentido negar la dimensión electoralista de cualquier proceso participativo: es contraproducente para el propio proceso y para quien lo impulsa. Un proceso como este sirve a la entidad que lo impulsa, aparte de para colgarse la consabida medallita, para conocer mejor qué piensa, siente y opina su electorado potencial. Dejar de lado esa dimensión por una especie de falso pudor democrático sería un craso error.
En definitiva, negar que la participación política es un proceso que exige trabajo, compromiso y dedicación constante desde arriba y querer que sea un proceso pretendidamente “abierto” y “libre” que sólo parta de la base nos lleva a desarrollar una estrategia equivocada, que consiste en abrir una ventana y esperar sentado a que el entorno “se movilice” para nosotros. Al final, acaba por reforzar la situación (en esencia inevitable, pero de hecho minimizable) de la participación escasa. Al contrario, aceptar la responsabilidad de llevar la iniciativa al principio y al final, manteniendo un hilo conductor basado en la escucha activa, y aceptando la existencia de una jerarquía en el orden político, es la única forma (paradójicamente) de conseguir un cierto aumento en la base participativa y una mayor horizontalidad.
[Nota: por supuesto, me refiero a participación en marcos ya institucionalizados. Los movimientos sociales, políticos y reivindicativos nacientes son harina de otro costal].
