Escritos de Jorge Galindo
El proceso social Escritos de Jorge Galindo

Este fin de semana, el PSOE presentaba Crea Progreso, su red social para la fabricación colaborativa de su programa político. El PP ya tenía Popular.es, bastante similar. No se puede decir que sea una mala noticia. Al contrario: bienvenidas sean todas las ventanas. Pero sí puede argumentarse que, tanto en el caso de los socialistas como en el de los populares, han hecho un producto que no aumenta la participación, y que, en el mejor de los casos, facilitará la de aquellos que ya participan – los militantes.

La conceptualización del concepto de free rider, el 1-9-90 de Nielsen, los estudios sobre capacidad de atención ante los problemas públicos… Todas estas elaboraciones teórico-prácticas apuntan hacia un mismo sitio: cuando se pone en marcha un proceso participativo desde arriba (el activismo de base es otra cosa), la inmensa mayoría de personas afectadas por el asunto del que trata el proceso, y por tanto con derecho a participar, no lo hacen. Las elaboraciones referidas, y otras, se han dedicado y se siguen dedicando a explicar por qué sucede esto. Básicamente, podemos resumirlo muy simplificadamente en que las personas tienen cosas a las que dedicarse que consideran más importantes. Además, saben que hay otras personas que se están dedicando a participar. Así que, ¿por qué molestarse? Y eso contando con que llegan a enterarse de que el proceso está en marcha. Muchas veces, ni siquiera es así.

¿Cuál es el hilo conductor de este razonamiento? La actitud pasiva por parte de quien abre el proceso participativo. Si tú, Ayuntamiento X con muy buena voluntad, montas un “gran proceso participativo enmarcado en la Agenda 21″ que consiste en unas cuantas mesas redondas a las que cualquiera puede acudir y una página web en la que recibir propuestas, debatirlas, etcétera, básicamente no estás haciendo nada. Si tú, partido A o B montas una red social para que los ciudadanos “aporten ideas y conocimiento” a tu programa político, sólo estás abriendo una ventana para los que ya participarían de por sí. No debes esperar. Si Mahoma no va a la montaña, la montaña tendrá que ir a Mahoma.

Antes de seguir, hagamos nuestra la advertencia de Jakob Nielsen: es imposible deshacerse de la desigualdad en la participación. Simplemente, nunca participarán todos al mismo nivel. Eso es así. Ahora, avancemos. Decíamos que hemos de ir a Mahoma. Hemos de hacer algo tan viejo y tan sencillo como ponernos una camisa sencilla, salir a la calle y preguntarle a la gente. Preguntarle sobre el tema que sabemos que le interesa. Por supuesto, hemos de emplear herramientas adecuadas para ello (investigación social de escucha activa, lo llamamos los consultores), pero en esencia es, simple y llanamente, facilitar al máximo nivel la participación puntual de los individuos.

Por supuesto, esto sólo es una primera etapa. Después habrá que analizar, sistematizar la información recogida, y trabajarla, ahora sí, con las personas dispuestas a tener un compromiso más continuado con el proceso. Que, por cierto, como se ha empleado la campaña de escucha activa como campaña de difusión con la que esperamos que una parte de los afectados sienta y haga suyo el proceso, puede resultar en perfiles interesantes. Y, a partir de ahí, extraer resultados.

Claro, esto necesita tiempo, coordinación estratégica y un ingente trabajo de edición y reedición de los mensajes hasta convertirlos en conceptos simplificados que puedan ser, a la vez, soluciones y propaganda política. Sí, propaganda política. No tiene sentido negar la dimensión electoralista de cualquier proceso participativo: es contraproducente para el propio proceso y para quien lo impulsa. Un proceso como este sirve a la entidad que lo impulsa, aparte de para colgarse la consabida medallita, para conocer mejor qué piensa, siente y opina su electorado potencial. Dejar de lado esa dimensión por una especie de falso pudor democrático sería un craso error.

En definitiva, negar que la participación política es un proceso que exige trabajo, compromiso y dedicación constante desde arriba y querer que sea un proceso pretendidamente “abierto” y “libre” que sólo parta de la base nos lleva a desarrollar una estrategia equivocada, que consiste en abrir una ventana y esperar sentado a que el entorno “se movilice” para nosotros. Al final, acaba por reforzar la situación (en esencia inevitable, pero de hecho minimizable) de la participación escasa. Al contrario, aceptar la responsabilidad de llevar la iniciativa al principio y al final, manteniendo un hilo conductor basado en la escucha activa, y aceptando la existencia de una jerarquía en el orden político, es la única forma (paradójicamente) de conseguir un cierto aumento en la base participativa y una mayor horizontalidad.

[Nota: por supuesto, me refiero a participación en marcos ya institucionalizados. Los movimientos sociales, políticos y reivindicativos nacientes son harina de otro costal].


Alex Barredo acuña el término de ‘La merkelización de Europa’ o Europe’s Merkelization. Secundo la moción, y aprovecho para enlazar este artículo de Senserrich que dice lo que yo decía pero mucho mejor dicho.
Dicho queda.

Muchos han criticado la nueva iniciativa de El País, Eskup, una red social à la Twitter. Argumentaban (y argumentan) que no aporta nada frente a la plataforma de microblogging, que sólo es un grafo social más que añade confusión y que implica la importación parcial o total de redes. Otros, sin embargo, han visto en Eskup una iniciativa interesante y un rayito de luz en el oscuro mundo del periodismo español.

Más allá de su éxito en volumen de tráfico y usuarios (no encuentro datos), estaba esperando a que surgiese una oportunidad en forma de noticia que permitiese comprobar el comportamiento de la red. Con la huelga sin servicios mínimos del metro de Madrid ha llegado esa ocasión: una noticia que afecta a muchísima gente, localizada, con un ritmo sostenido de actualizaciones necesarias a lo largo de un periodo prolongado de tiempo (de momento, el día de hoy), y en el que la información inmediata y generada por ciudadanos o periodistas on the go es extremadamente relevante.

El País ha apostado fuerte, llevando Eskup a su portada y a todas las notas y páginas que hablan sobre el paro en el metro. Ha puesto a cuatro periodistas (Jared Abdelrahim, que está haciendo una labor encomiable, Pablo De Llano, María Martín y Pilar Álvarez) en movimiento en contacto permanente con Eskup, desde los puntos clave, generando tanto pequeñas historias que daban una idea de lo que sucedía, como información funcional y útil para el ciudadano, de “servicio público”. Además, van recogiendo los comentarios que los usuarios no periodistas (“llanos” en adelante) hacen respecto a la huelga, siempre y cuando sean útiles, relevantes o cuenten algo. Están generando así un relato temporal y bastante coherente de la noticia. No son sólo conceptos inconexos de muchas fuentes en pequeñas píldoras, como sucede con Twitter, sino que hay un hilo conductor, como en toda buena noticia, aunque esta se dé por partes y en tiempo real. Editan y eliminan ruido. ¿La clave? El control sigue estando centralizado.

La verdad es que la participación en Eskup de los usuarios llanos es más bien baja. Así, a ojo, representarán en torno a un 30%-45% del total de mensajes. Y es que no creo que la idea de Eskup sea la de basarse, ni mucho menos, en contenido generado por los usuarios. Eso sí que no habría tenido sentido. Su valor añadido es precisamente el de sus autores y editores principales, los periodistas de El País, teóricamente más cualificados que el ciudadano medio para cubrir una noticia.

Esa es la principal diferencia con Twitter y otras redes sociales, y por la cual no puede ser comparado con ellas, ni descalificado por ser “una red social más”. Eskup no es una red social de hecho, sino que es una plataforma de micropublicaciones con capacidad de feedback entre medio/periodista y lector donde sí existe una estructura que no es horizontal, en la que los periodistas y el medio se sitúan ligeramente por encima. Hay más razones por las cuales Eskup no puede ni debe ser considerado al mismo nivel que Twitter, y todas derivan de esta: la extensión es más amplia (el doble, 280 caracteres), dando la cabida justa para informaciones cortas y relevantes. Y, más importante, no tiene un grafo social propiamente dicho, o mejor dicho, no se basa en la red tanto como en el seguimiento. Por tanto, no hay que importar grafo social alguno.

Después de ver cómo se está moviendo Eskup con la huelga de metro, creo que han dado un paso en la dirección correcta. Quizá deban abrir un poco más la mano de la participación (aunque aún es pronto para que la red tenga un tráfico considerable, la verdad), de manera paulatina. Pero el esquema es, a mi modo de ver, el correcto. Necesita de mucho trabajo, pero su potencial es importante, sobre todo si, como planteaba David De Ugarte, se atreven con la interconexión con otros medios. Aunque me temo que la estructura de competencia empresarial hace este paso imposible.


Parece que últimamente la pléyade de social-liberales, neoprogresistas, izquierda falsa o como se nos quiera llamar, estamos de un “retorno a la izquierda” que no hay quien nos aguante. Yo me ponía hoy en plan Krugman, y estos días Citoyen y Roger Senserrich han estado reflexionando sobre la relación entre desigualdad, burbuja y crisis, y el Estado de Bienestar. Todo a partir del último (en realidad, segundo) libro del joven (en términos de academia económica: 47 añitos) Raghuram Rajan. La verdad es que su punto de vista es intrigante, e invita a profundizar. Aquí, la entrada de Citoyen. Aquí, la de Roger.

Parece que, para el G20, la prioridad es reducir el déficit público. De acuerdo con que en algunos países la deuda pública estaba tomando rasgos (más que volumen) preocupante. De acuerdo con que España era uno de esos países. Tanto nosotros como otros hemos tomado medidas nada desdeñables (y, para mí, adecuadas) de reducción de déficit, que probablemente no sean las últimas. En nuestro caso, parece que hay consenso entre los especialistas: lo que nos penaliza en los mercados internacionales no es tanto nuestra abultada deuda como nuestra dependencia exterior y las escasas y frágiles expectativas de crecimiento. ¿Por qué hacer de la reducción del déficit la prioridad?

Aún diría más: ¿por qué hacer de un instrumento un objetivo? Bajo mi punto de vista, la capacidad de endeudamiento del sector público es una herramienta destinada a la mejora de las condiciones económicas del país. Entiendo la necesidad de hacer que ese instrumento no salte en mil pedazos, de mantenerlo en forma a través de un proceso de consolidación fiscal, pero no entiendo que este sea el objetivo. Esta ha de ser una práctica de fondo y transversal, digamos parte de un manual de buenas maneras de política económica, destinada a conseguir una mayor eficiencia del sector público y a reducir sus niveles de deuda aumentando su capacidad de autofinanciación. Los objetivos reales son, para mí, las reformas estructurales que este y otros países necesitan. Reformas que, por supuesto, se harán teniendo también en cuenta los criterios de consolidación fiscal y adecuada gestión de los recursos públicos. Pero nunca al revés. Si seguimos esa línea de razonamiento, acabaremos por proponer cosas tan absurdas como la última ocurrencia del PP: incluir un límite al déficit en la Constitución española, un “aquí nadie se pasa y punto”. Blanchard, por coger el último ejemplo, ha sacado un decálogo al que le falta un punto 0: “La reducción del déficit no es un objetivo per se, sino una necesidad que está supeditada a que el gasto público  y la política económica sean eficientes en su cometido de estimuladores y reguladores de la economía”.

Entiendo que a Citoyen le parezca que, últimamente, Krugman está poco razonable. Pero después de esta última salida del G20, que no ha considerado que la auténtica prioridad es otra (yo qué sé, la reforma financiera, por ejemplo), o admitir, como deja entrever el propio Citoyen al final de su entrada, que las prioridades son bien distintas para cada caso, entiendo que el Nobel esté enfadado.

[Nota al pie: antes de que a alguien se le ocurra. NO, no estoy diciendo que no haya llegado el momento de retirar los estímulos. Ni que sea necesario más gasto público. No tengo opinión formada al respecto. Lo que digo es que nos estamos equivocando en el enfoque, en las prioridades, y eso nos puede salir bastante caro. Soy consciente de que, en esta entrada, de tan fino que intento hilar, igual me he salido del telar.]


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