Escritos de Jorge Galindo
El proceso social Escritos de Jorge Galindo

“Imaginaros si alguien os ofreciera comprar acciones en una compañía con las siguientes condiciones: en los últimos 50 años su precio ha seguido básicamente la evolución de la inflación, si inviertes en ella tienes que poner todo tu dinero, te cobran impuestos por el hecho de tener esas acciones, si te trasladas a otra ciudad tienes que venderlas, algo difícil y lento, y encima de vez en cuando se rompen y tienes que pagar para cambiar el tejado de la fábrica. ¿Te parece una buena inversión? Felicidades, comprar una casa es lo tuyo.”

Roger Senserrich, negro sobre blanco.


21 de Jul de 2010

Este es un llamamiento a toda aquella persona que, desde cualquier posición (consultoría, asesoramiento, alto funcionariado, investigación académica, etcétera), trabaja en y con la política. Freaks de la política, no dejen de ver la televisión.

Dan Schnur empezó un curso de campañas electorales en Berkeley diciendo que, cada vez que se sentía acorralado por un problema, por algún tema extremadamente espinoso, o alguna metedura de pata complicada de su candidato, acababa por pensar: “A la gente le da igual”. Se refería al hecho de que los que trabajamos de una forma u otra en este ámbito tenemos una capacidad de prestar atención al día a día de la política, a la tendencia global y a los detalles, que nadie más tiene. A la gente, al votante en definitiva, no le preocupa igual que a nosotros (¡ni de lejos!), por ejemplo, el Debate sobre el Estado de la Nación. ¿Por qué? Miles de razones, pero la más simple es que nuestra capacidad de atención es limitada, y los que no son unos adictos a la política tienen otras muchas cosas de las que preoucparse. Como dice Schnur, su ventana de atención/oportunidad hacia la política es más bien pequeña.

Y lo que les llega por esa ventana a la mayoría de personas no son sesudos blogs reflexivos, ni rápidos y mordaces apuntes de un avezado periodista en el Congreso, ni artículos de economistas internacionalmente reconocidos. Ni siquiera las ocurrencias de un consultor político. Televisión, periódicos, radio, blogs masivamente leídos. Ahí está, hoy por hoy (de mañana ya hablaremos), las principales fuentes de información política. Bares, oficinas, reuniones de amigos. Ahí está el ágora política, las “microaudiencias” y los líderes a pequeña escala.

Es demasiado fácil, demasiado tentador, quedarse en las referencias que nos dan herramientas de análisis y en las redes que nos amplían el campo de visión y nos facilitan la discusión, olvidándose de dónde se encuentra la auténtica arena de lucha. Tenemos que ser capaces de estar en los dos sitios, o empezaremos demasiado rápido a creer que lo entendemos todo cuando nos estamos perdiendo lo esencial.

Por eso, les ofrezco, como propuesta, la dieta de información generalista que yo mismo sigo. Les garantizo que no hace falta más:

- Dos telediarios a la semana, de noche, preferiblemente en TVE1.

- Dos periódicos (de diferente tendencia ideológica) enteros, en papel, a la semana. Uno de ellos, de domingo. El otro, entre semana.

- Programas de actualidad política y económica en la radio de dos emisoras distintas (yo utilizo tres: SER, Onda Cero y RNE) una vez al día. Vale también coger boletines horarios de información, con lo que sólo supondrá 10 minutos al día.

Con esto uno puede seguir en contacto con la realidad y aplicar a algo todas esas maravillosas herramientas que nosotros, privilegiados de la gestión de la información y del análisis, adquirimos día a día en el diáfano y sin fin espacio 2.0.


[Publicado originalmente en analitico.es]

Hace un par de meses, Deloitte y CNET publicaban un estudio hecho en USA en el que definían el concepto de early majority referido a la compra de coches eléctricos. Presentaban este concepto en oposición al ya habitual de early adopter: mientras éste se refiere a individuos que actúan de manera más desconectada socialmente, atraídos por lo “nuevo” y lo cutting-edge, la early majority está compuesta de consumidores que se comportan de un modo más social y coordinado, con una actitud que también es de buscar lo más nuevo, pero por cuestiones más sociales o altruistas. El artículo enlazado acaba con la frase: “[Para los miembros de la early majority] el vehículo eléctrico es menos un juguete, que una forma de vida”. Bien, más allá de la verborrea clásica de los consultores, Deloitte ha dado con una idea interesante, aunque no especialmente nueva.

Empecemos por lo básico: un coche eléctrico es un aparato considerablemente caro, sobre todo comparado con un homólogo con motor de combustión o incluso híbrido. El ahorro en gasolina sólo se amortiza a muy largo plazo, en la mayoría de los casos (y sólo con la infraestructura adecuada, como veremos en la segunda parte de este artículo). Desde este punto de vista, ningún consumidor racional (ceteris paribus) adquiriría un coche eléctrico. Deloitte viene a decir: pero existen los valores, el compromiso con la ecología, un modo de vida concreto que hace que el grado de utilidad de un coche eléctrico sea mayor para un considerable (y creciente) grupo de personas. Bien, cierto, es un factor muy importante, con el que vienen jugando las compañías de automóviles en sus campañas de publicidad desde hace años, mezclado con la idea de ahorro y bajo consumo. Pero no es sólo esto. Este tipo de persona suele tener una serie de rasgos más o menos definidos: clase media en adelante (esto es, cierto poder adquisitivo), nivel cultural medio-alto en adelante, y un círculo social amplio que comparte estos dos rasgos. Es decir: pueden comprárselo, saben (o creen saber) por qué deben comprárselo, y comentan el hecho con su entorno, que también puede comprárselo y también tiene la capacidad para saber por qué ha de hacerlo. Ahora sí empezamos a construir una auténtica early majority, y no con la idea esbozada apenas por Deloitte. Pero falta el catalizador clave. En vez de utilizar otro neologismo más, ilustrémoslo con un pensamiento tópico: “si los vecinos lo tienen, ¿por qué nosotros no?”. Efectivamente, el hecho de que los pares sociales de una persona del perfil descrito estén pensando en adquirir o hayan adquirido un coche eléctrico puede incrementar el grado de utilidad que éste tiene para el potencial comprador. Por varias razones: informacional, ya que se tiene acceso a información de primera mano; de estatus (no necesariamente económico, sino social-cultural-ecológico), a efectos de no “perder” posiciones en la escala del grupo de pares; cognitiva, ya que el disponer de un ejemplo cercano favorece enormemente la estructuración de percepciones futuras empleando ese ejemplo.

Pero todo esto no queda ahí. Hemos dicho que la primera dificultad para adquirir un coche eléctrico (y, por tanto, para que su uso se expanda) es su precio comparativamente mayor al de los vehículos actuales. Pero hay otra barrera, aún más importante: la recarga del vehículo, fundamental para su funcionamiento y también para la concepción de ahorro energético. Un coche eléctrico se podrá “alimentar” en viviendas, en garajes y en estaciones de servicio. Pero la infraestructura aún no está lista para ello. Ya hay empresas que están trabajando en el ramo, pero el impulso principal proviene de los apartados de programas como el MOVELE en España, que han puesto en marcha programas piloto en municipios a financiar estaciones de recarga (que se ofrecen junto con las susodichas empresas, por supuesto) y la adquisición de vehículos eléctricos tanto para flotas públicas como para usuarios particulares. Es decir: el Estado está interviniendo no sólo para reducir la primera barrera (precio del vehículo), sino también esta segunda, bastante más dura porque es el punto clave que puede desencadenar el efecto red.

En economía, un efecto red no es sino el efecto que tiene un usuario que adquiere un bien sobre el resto de usuarios (reales o potenciales) del mismo. El ejemplo clásico es el teléfono: a más líneas de teléfono, más sentido gana el tener uno para poder comunicarse. Con el coche eléctrico pasa algo así: a más personas tengan uno, más estaciones de recarga existirán, y por tanto más personas estarán dispuestas a adquirir uno. Lo curioso es que, por lo que veíamos hace dos párrafos, también se produce una especie de efecto red social en términos informacionales, de valores, de estatus y perceptivos. De hecho, el segundo sería el motor del primero, ya que nadie compraría al principio un coche eléctrico por razones monetarias o de facilidad de recarga.

En todo caso, el Estado ha decidido no jugársela al efecto red social y está subvencionando, en parte, la puesta en marcha de este proceso. El propio Zapatero lo citó como ejemplo de política industrial durante su discurso inaugural del Debate sobre el Estado de la Nación. Puede surgir la eterna duda (de corte liberal) de si el Estado sabe lo que se hace al meterse en este tipo de berenjenales. Pero esto no es como subvencionar un sector concreto para ver si el crecimiento económico sale adelante con él. Es una decisión energética y medioambiental. Energética, porque puede ayudarnos a reducir la dependencia, si sabemos jugar nuestras cartas en el proceso de diversificación vía renovables y nuclear. Medioambiental, porque casi nada en nuestro mundo cotidiano genera tantas externalidades negativas como un vehículo a motor de combustión. Por tanto, dado que las ayudas no son escandalosas y que probablemente se vayan retirando poco a poco y en el momento adecuado, juzgaremos la política como estratégica, de arranque, y correcta.


En realidad, el discurso y la actitud de Zapatero no ha estado nada mal. Ha tenido ciertos problemas de desorden conceptual, y arrastra la imposibilidad de admitir el error cometido por el Gobierno en 2007 y 2008 al no actuar de forma temprana y decidida contra la crisis, pero en esencia ha dicho lo que de él se esperaba: este ah sido un año muy difícil, tenemos que trabajar todos por resolverlo, porque estamos en un momento crucial para el futuro de España. Necesitamos mejorar nuestra competitividad, nuestra eficiencia (pública y privada), y nuestras capacidades económicas (de gestión de recursos) en general. Y lo necesitamos no porque lo digan los mercados, sino porque sólo así España podrá asegurarse un futuro de corte socialdemócrata, con un Estado de Bienestar fuerte y una dinámica de empleo adecuada. Esta mejora se hará por dos vías: consolidación fiscal, y reformas enfocadas a cambiar el “modelo productivo”.

Lo que pasa es que un Presidente no puede hacer esta llamada a la unidad nacional y por un futuro mejor a cambio de esfuerzo común de una forma tan pusilánime, en la forma y en el fondo. Menos aún cuando, de antemano, todos los Grupos que forman la Cámara están, por distintas razones, predispuestos a la crítica voraz.

En la forma, porque, reconozcámoslo, Zapatero es buen orador, pero no maneja el lenguaje como Rajoy. No es capaz de ser tan llano, mantener un buen ritmo y utilizar las figuras retóricas y las frases echas con tanta habilidad. Y ahí, Rajoy se lo ha comido.

En el fondo, porque si un líder pide un sacrificio presente a cambio de andar hacia un futuro mejor, el primer paso lo tiene que dar él. Y no ha hecho sino repasar las medidas que ya están en marcha, sin prácticamente ninguna novedad. Así, de paso, ha hecho el discurso que Rajoy y el resto de líderes esperaban, y no han tenido que cambiar ni una coma de su estrategia en el debate.

Decíamos hace unas semanas: e pur si muove. Y, efectivamente, el repaso de medidas enunciadas por Zapatero muestran su paulatina asunción de la responsabilidad ante la gravedad de la situación, y su viaje hacia el centro-izquierda más moderado. Sin embargo, estamos de nuevo atascados. No habrá una ocasión como la de hoy para sacar adelante dos o tres perlas en bruto que hubieran mostrado el compromiso del Gobierno con el cambio.

¿Quieren ejemplos? Yo se los doy:

· Ley de Cajas. Bien explicada y con un enfoque de “caña al sector financiero” hubiera sido un símbolo importante de cara a la izquierda (la extrema y la moderada) que piden precisamente esto. El haberla anunciado intencionadamente en mitad del Mundial es signo del miedo que tiene el Gobierno a sus barones regionales (para quienes las Cajas es su juguete favorito), y probablemente una condición sien qua non impuesta por el PP para pactarla. Casi mejor no haberla pactado.

· Reforma fiscal. Más impuestos para los más ricos (sí, populismo de izquierdas, lo sé, pero este Gobierno lo necesita) combinado con menos impuestos para las PYMES (que también lo necesitan como agua de mayo). La senda fiscal sueca.

· Liberalización de mercados. Esta senda ya la han emprendido con la Ley de Servicios Profesionales y otras, pero atacar a otros productos y servicios de uso común explicando que iba a permitir aumentar la competitividad, crear empresas y bajar precios, hubiera sido una píldora interesante.

· El colofón: reforma educativa en profundidad. Algo valiente, profundo, determinante y que muestre cuál será realmente la base para ese tan cacareado “nuevo modelo productivo”.

En resumen, hoy hemos visto un nuevo ejemplo del triunfo de las politics, de la comunicación, sobre las policies (y, francamente, aún así Zapatero no ha ganado el debate). Uno no puede mirar hacia adelante y pretender avanzar sin dar el primer paso.

Nota: Por la tarde, Zapatero se ha relajado y ha estado didáctico, campechano, figurativo, cercano e incluso carismático. Lástima, para él y su Partido, que eso cuente realmente poco y no cambie nada de lo dicho hasta ahora, porque sólo los freaks de la política le estábamos escuchando.


Anoche España fue uno. Anoche se exacerbó un sentimiento nacionalista español con el futbol como catalizador. Pero no, esto no es necesariamente malo.

Benedict Anderson definió la idea de comunidad imaginada en uno de los mejores libros de historia política que existen. Cito a Wikipedia:

La comunidad imaginada es un concepto acuñado por Benedict Anderson que sostiene que una nación es una comunidad construida socialmente, es decir, imaginada por las personas que se perciben a sí mismas como parte de este grupo.

La victoria de la Selección Española en el Mundial de Sudáfrica fue un momento clímax de ese proceso de imaginación. Un momento de auténtica comunión.

Además, este proceso tiene unos rasgos bastante particulares. Primera, no es especialmente excluyente (no más de lo que lo es cualquier nacionalismo por definición). Porque se dirigía a un objetivo común en el que participaba gente de todo tipo y condición. En las grandes ciudades impresionaba la cantidad de españoles de adopción ataviados con los colores patrióticos: desde inmigrantes latinoamericanos, hasta europeos de Erasmus, pasando por profesionales liberales de otros continentes que se han establecido aquí.

Segunda, esta no es la selección casposa y reaccionaria que nace de Madrid. Esta selección está hecha con material de todo tipo, de Canarias a Bilbao, con especial atención a Catalunya. De hecho su base está en el equipo más moderno y actual de cuantos existen en el mundo. Es, además, un equipo joven y con visos de ser trabajador, y de funcionar como un grupo coordinado, bajo un espíritu común.

Tercera, por una vez la izquierda mediática ha creído real y firmemente en una selección y en la bandera que representa (obviamente, con razones económicas detrás, pero eso no es malo). Hasta el punto de que el epíteto de “La Roja” fue popularizado por Cuatro, en una muy hábil campaña de marketing que, de refilón, ayudó a quitarle la caspa que rodeaba a la Selección.

Los ciudadanos españoles, de nacimiento o de adopción, han imaginado una comunidad no (demasiado) excluyente, plural, moderna, atrevida, elegante y no asociada con un único color político. La gota que ha colmado el vaso de años y años de triunfos en todos los demás deportes menos en el Rey, hasta la Eurocopa, que no fue más que el aperitivo de lo que se consiguió anoche.

El triunfo de esta Selección va de la mano del triunfo de un modelo de comunidad imaginada (de España) bastante concreto, que por definición excluye a otro: por mucho que algunos de sus abanderados intenten echar en cara ahora a los “antiespañoles” este triunfo, no consiguen parar la sensación general de que esta victoria es más una victoria de todos que de algunos. Y, con ello, un tipo muy particular de nacionalismo español, bien distinto del que sufrimos durante 37 años de dictadura, va aflorando, curiosamente, utilizando el deporte como uno de sus varios catalizadores.

¿Dónde deja esto a las otras “comunidades imaginadas”, como el significativo (por masivo) ejercicio de los catalanes el sábado? ¿Dónde quedan esos miles de catalanes, vascos (y valencianos, y gallegos, y más) que siguen teniendo un fuerte sentimiento de rechazo ante esta idea de nación española? Eso, lo dejamos para mañana.


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