Una de las cosas que uno aprende (o, mejor dicho, confirma) viendo The West Wing es lo que significa una “oposición útil” o no, qué significa para un partido hacer crítica responsable cuando no se está en el Ejecutivo, y la diferencia entre las “cuestiones de Estado” y las que no lo son.
Sinceramente, uno no puede sino sonreírse ante el sistemático empeño por parte del PSOE de que el PP es desleal, inútil como oposición, etcétera. La última es respecto a la UE: dicen ahora desde el Partido Socialista, de forma más o menos clara o velada, que si el PP no es capaz de apoyar al Gobierno en esta singladura, mejor que se calle. Con ello, juegan a tergiversar el concepto de “crítica constructiva” dentro del discurso buenista y favorable al consenso y a lo políticamente correcto (durkheimiano, vamos) al que el PSOE nos tiene acostumbrados en esta “era Zapatero”.
No, la oposición se llama así porque ha de oponerse. No sólo por su propio interés, sino porque ese es su papel en el régimen democrático: oponerse. Han de criticar, han de ser implacables e inmisericordes, no dejar pasar ni una. Porque en ello nos va buena parte de la calidad de una democracia. Ni que decir tiene que esto no es una idea mía, ni de Senserrich, que lo dice en otras entradas, ni de Aaron Sorkin, creador y guionista principal de The West Wing, sino que surge de las raíces más profundas del pensamiento filosófico-democrático.
Claro, que otra cosa es la calidad de esa crítica, lo fundamentadas o no que estén sus críticas, lo adecuadas o no que sean respecto a la agenda política que marcarían la mayoría de los ciudadanos. Pero si estas críticas son pobres, mal argumentadas, etcétera, es de eso de lo que debería aprovecharse el partido en el Gobierno, y no directamente decir que la oposición es “irresponsable” porque no les apoya en temas “básicos” para todos los ciudadanos.
Hay que saber diferenciar. La crisis de nuestro modelo productivo, por ejemplo, es un tema básico, pero no es una cuestión de Estado. Porque no afecta de forma inmediata e inminente a la integridad de la democracia o de los ciudadanos que la componen. Una súbita oleada de atentados llevada adelante por un grupo organizado, eso sí sería un tema de Estado (y básico, por supuesto: los ciudadanos mueren). Los ejemplos son exagerados para que se vea la diferencia, claro. Hay líneas mucho más finas, y, por poner el ejemplo más reciente, entre el 11 y el 14 de marzo de 2004 los españoles pudimos verlas claramente. No creo que para los miembros del PSOE esas fechas fueran una fiesta, precisamente: el dilema moral y estratégico que supuso la actitud del Gobierno durante ese fin de semana es, probablemente, una de las pruebas más duras a las que un partido en la oposición ha tenido que enfrentarse en esta democracia, que tan joven es.
En el fondo, es la eterna división de la teoría social entre la cohesión y el conflicto. O, dicho en términos más adecuados, el equilibrio y el desequilibrio. La oposición es necesaria porque el equilibrio social es precario (en realidad, apenas existe más allá de nuestra percepción) y es mejor gestionar los conflictos a través de instituciones que acepten unas reglas del juego, que dejarlos campar a sus anchas. Ahora bien, ¿qué pasa si la institución rompe estas reglas? Eso, la verdad, es harina de otro costal. Porque el PP sólo está haciendo oposición burda y mal organizada, no está siendo desleal a las reglas del juego democrático. Por mucho, mucho que se empeñen los del PSOE, dentro de su complejo de incapacidad para gobernar enérgicamente y con decisión.

Warning: Invalid argument supplied for foreach() in /home1/nosholto/public_html/jorgegalindo/blog/wp-content/plugins/disqus-comment-system/comments.php on line 8