Sinceramente, aún estoy intentando desentrañar bien a las claras lo que ha sucedido. Pero en resumidas cuentas: los administradores y propietarios de una plataforma web de fuerte comunidad, Menéame, sancionan, baneándolo, a un usuario, por considerar que incumple una norma, si no me equivoco, con esta aportación. El usuario se rebota mucho, mucho, y utilizando otras plataformas de publicación gratuitas (WordPress y Blogger, claro) y a través de las propias herramientas de Menéame ataca a Menéame. Ataque que, al parecer, recibe un contraataque de la plataforma (esto último por confirmar: no me aclaro en la madeja de comentarios). El caso es que consigue soliviantar a la fuerte comunidad, llegando a proponerse en el propio Menéame escapes y sitios alternativos al mismo, para facilitar la huída de usuarios.
El pitote toma proporciones impensables para los administradores que tomaron la primera decisión de baneo.
Vamos, ríanse, que tiene gracia.
Pero bueno, lo que yo quería era aprovechar el caso para ilustrar una idea que tengo. Que será errónea y fatal, pero será. Allá va.
A más abierta es una plataforma, más posibilidades existan de que esto ocurra. O, mejor dicho: esto, en mayor o menor medida, siempre sucede. Lo que pasa es que, como en un régimen político, hay que considerar dos variables para evaluar el posible impacto:
· La apertura de la plataforma, es decir: del régimen político, que comprende la rigidez de las vías de participación, jerarquización, flexibilidad formal (de las normas) e informal (de los administradores).
· La dinámica generada entre los usuarios, es decir: la base social del régimen. Su cohesión, capacidad de movilización conjunta e intereses.
Permítaseme comparar dos casos para ilustrar lo que quiero decir. La comparación será burda, pero, salvando las enormes distancias de tamaño, efectiva.
Cuando Facebook sacó su nuevo diseño, el clamor popular en contra fue muy, muy, muy sonado. Twitter ardió, el propio Facebook ardió en mensajes, se crearon cientos de grupos en contra, hubo hasta alguna manifestación offline. Pero Facebook tiene una comunidad amplísima de usuarios, tanto en número como en perfiles, lo que hace virtualmente imposible una alta cohesión. Esto impide conjunción de intereses y capacidad de movilización conjunta. Por el lado del ‘régimen’, se trata de una plataforma muy abierta de manera horizontal, pero tremendamente cerrada en vertical. Sí, a pesar del último simulacro de elecciones a los nuevos Términos de Uso. En términos comunicativos, sus miembros (los trabajadores de Facebook) están muy lejos de sus usuarios, y las vías para feedback intencionado son escasas. El diseño de la plataforma, por último, favorece la generación de pequeñas comunidades semicerradas de comunicación antes que vías horizontales y abiertas
Sin embargo, Menéame es una comunidad que, si bien amplia, cuenta con una base más cohesionada de usuarios habituales que se relacionan en un ámbito más abierto que Facebook, por el propio diseño de la plataforma que se basa en una portada, a la que se llega a través del apoyo de dicha comunidad cohesionada. Que, cuenta, además, con unos intereses menos heterogéneos. Los líderes de su régimen suelen estar al pie del cañón, siempre abiertos a discutir con sus usuarios en la medida de lo posible. Por ello, una revolución es posible en Menéame, pero no en Facebook.
En resumidas cuentas: si yo fuese Galli & co., estaría, a la vez, triste y contento. Triste por ver la que se ha liado en mi casa, degenerando (como tantas veces sucede) en flames sin sentido. Pero contento por ver cómo los pequeñines son capaces de subvertir la autoridad de los mayores a través de lo que yo les enseñé.
Y, de todas formas, la frase “al que no le guste, que se vaya a otro sitio” siempre estará a mano. Aunque no es lo mismo decirla en un sitio como este blog, pachanguero y de aficionados, que en Menéame, un espacio de referencia (y, si no me equivoco, un negocio) para tanta gente.
No es lo mismo.
