Estos días algunas agencias de rating se han afincado en los titulares de los medios estatales. Porque S&P decidió que la economái de España no era tan buena como para merecer una calificación decente, y de hecho acaba de bajar la de Grecia, país con el que algunos ven similitudes y avisos con respecto al nuestro (otros no). Se ha discutido superficialmente, sobre todo en medios informales como Twitter, la adecuación de estas evaluaciones: que si en S&P o Moody’s tienen personal cualificado, que si los criterios que usan… Pero creo que se están perdiendo de vista dos hechos importantes.
El primero lo deja caer Roger Senserrich: ¿nos estamos olvidando del papel clave que jugaron estas mismas agencias en el gran lío que acabó con la crisis de las subprime y, posteriormente, la crisis financiera mundial? La respuesta parece ser un sonoro “sí”. Entre otras cosas, porque este papel nunca se llegó a aceptar de forma clara y patente. Todo el mundo echa la culpa a bancos, financieras, aseguradoras, reguladores… Sólo he leído claramente a Leopoldo Abadía (y a economistas especializados en finanzas, Schiller entre otros) afirmar que las agencias de rating hicieron fatal su papel, calificando muy por encima paquetes de deuda (y sus entidades) sobre la que existían dudas más que razonables. Son prácticamente las mismas que ahora. ¿Por qué íbamos a fiarnos de ellas?
Y eso nos lleva al segundo punto: estas agencias cuentan en su funcionamiento con un alto, altísimo nivel de Teorema de Thomas o profecía autocumplida. Tanto Manuel Calleja como Francisco Marco-Serrano lo ven claro (la conversación se desarrolla conforme escribo esto, tal cual). Nos fiamos de ellas porque lo que dicen es influyente, y lo que dicen es influyente porque nos fiamos de ellas. En este círculo vicioso ayudan los medios y su constante sed de noticia (desde hace un par de años) sobre economía y crisis.
Para mí, sé lo que cuenta de las calificaciones de las agencias de rating: que tienen un considerable impacto. No observo sus datos como guía certera tanto como termómetro de lo que piensa cierto ambiente especializado y, posterior e inevitablemente, mediático y generalizado. No digo que no lo hagan bien como analistas, digo que al valorar sus informes hay que ir más allá. Como bien dice Garicano en la entrada que ya he enlazado antes, es una cuestión de credibilidad. Y parece que las agencias de rating tienen la suficiente como para determinar si, a su vez, un Estado dispone de ella o no.
Podríamos seguir estirando este argumento hasta el infinito, pero no tendría demasiado sentido.
Ah, el common knowledge.

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