Escritos de Jorge Galindo » Blog Archive » La reforma laboral y los jóvenes
09 de febrero de 2010

Desde el viernes por la noche, habemus reforma laboral. Bueno, propuesta a debatir sobre una posible reforma laboral (PDF y Word de resumen de ElPais.com). No he tenido tiempo para comentar nada hasta ahora, aunque otros ya lo han hecho bastante bien. Yo me centraré sólo en una parte, que es la que últimamente más me interesa: ¿cómo afecta todo esto a los jóvenes? Pues más bien poco o nada, porque es una reforma chata.

Aunque, para empezar, hay que reconocer al Gobierno que los jóvenes entran como item central en la retórica de la reforma. Más allá de los habituales y comprensibles brindis al sol que componen las primeras páginas, el primer párrafo y las primeras medidas de la propuesta son para ellos. Es igualmente loable que se reconozca explícitamente que “la dualidad entre trabajadores fijos y temporales constituye el problema estructural más grave para nuestro mercado de trabajo”, estando la categoría de “temporales” copada por jóvenes. La solución del Gobierno es incentivar la contratación indefinida y desincentivar la contratación temporal. Lamentablemente, si algo con sentido han dicho Sennett, Bauman y el resto de filósofos disfrazados de sociólogos, es que no podemos seguir empeñados en concebir el ciclo laboral como algo más estable que cambiante. Hay que saber diferenciar muy bien entre asegurar los derechos, proporcionar los servicios sociales y la red de seguridad necesaria a los ciudadanos, e intentar dictar cómo se ha de comportar un mercado. No sé si este Gobierno es capaz de hacer esa diferenciación. ¿Qué sentido tiene bajar a 33 o a 22 días, o a los que sean, la indemnización por contrato indefinido? ¿Qué efectos reales puede tener una medida tan vaga en un mercado profundamente segmentado? ¿Van acaso a lanzarse los empresarios a contratar jóvenes de manera indefinida en masa?

Podemos hablar también del Programa Extraordinario que plantean para fomentar el empleo entre los jóvenes. Este programa se basaría en la articulación entre formación ocupacional y empleo para los menores de 24 años menos cualificados, además de incentivar el uso de contratos de formación por parte de las empresas, eximiendo del coste de formación a las PYMEs (menos de 50 trabajadores). Por todos es sabido, creo, que estos “contratos de formación” son empleados como otra forma más de contrato-basura, tal y como están planteados actualmente, y de formación tienen lo mismo que de contratos laborales decentes. De nuevo, el Gobierno se olvida de que cuando uno crea una medida pública, esta cobra vida por sí sola. Y no es que los contratos de formación sean basura por el coste de la formación, como parece pensar el Gobierno a tenor de su incentivo, sino porque simplemente son otra vía más para eludir los altos costes de la contratación indefinida.

Si hablamos de paro juvenil en España, tenemos, creo, cuatro problemas. El primero es los usos de las modalidades de contratación, de las que ya he hablado yo y otros aún más. El segundo son las formas de negociación colectiva, que, en gran parte por derivación de la propia segmentación del mercado, dejan a los jóvenes con el culo al aire. Esas se las dejo a otros que saben más sobre el tema, pero parece bastante claro que los sindicatos son cada vez más incapaces de representar a la mayoría de los trabajadores, o al menos se dejan fuera a grupos muy amplios.

El tercero es el que a mí más me preocupa, el punto de unión entre trabajo y formación. ¿Qué hacer aquí? Se sorprenderían si supiesen la cantidad de literatura académica que se publica sobre este tema en España, fundamentalmente de sociólogos y economistas (que además no se hablan mucho entre ellos). Mucha, y casi toda anodinamente repetitiva, cayendo sobre los mismos tópicos e interpretando de la misma forma los datos, con poca comunicación entre disciplinas, y pequeñas grandes disputas en puntos que, una vez se amplía la perspectiva, se revelan insignificantes.

Siempre defenderé que para salir de una crisis no cíclica, sino estructural, hace falta imaginación. Es algo que intento explicarle a mis alumnas y a todo el que me escuche, porque es obvio: si lo que hasta ahora funcionaba, o creíamos que funcionaba, se ha roto en mil pedazos, ¿no sería mejor crear una máquina nueva que intentar juntar inútilmente los trocitos del destrozo? En la creatividad está la clave. Un Gobierno socialdemócrata innovador que tiene entre manos una reforma educativa y una reforma laboral a la vez no podría hacer otra cosa sino unir ambas y crear auténticas pasarelas, qué digo, puentes colgantes que unan un lado y otro del río. Puentes que permitan al sistema educativo a todos los niveles que suponen una puerta al mundo laboral ofrecer a este no sólo lo que demanda, sino lo que necesita. Y nosotros necesitamos, insisto, creatividad, curiosidad, innovación, y una combinación entre especialización y habilidades transdisciplinares.

Esos puentes exigen nuevas modalidades de enseñanza y nuevas formas de contratación. Por ejemplo, la posibilidad de que un estudiante universitario esté desde segundo año de carrera desarrollando trabajo en empresa perfectamente compatible con su carrera. Más aún, con sinergias beneficiosas y, a la larga, necesarias entre ambos mundos. O, por ejemplo, como ya propuso (quién lo iba a decir) el PP, intentar estar sistemática y periódicamente al tanto de posibles nichos nacientes de empleo para generar módulos, cursos o ciclos formativos.

Sé que otros muchos países de Europa no tienen estas características, y tampoco sufren el paro juvenil como nosotros. Pero otros países no son España, si no, simplemente, podríamos copiar un par de sus normas  y vivir tan tranquilos. Y yo, será porque tengo el día soñador, no me conformo con bajar a la media europea, y quedarnos allí cómodamente. Yo busco algo más fundamental.

Claro que el Estado ha de hacer de garante de la seguridad y los derechos individuales y sociales de los ciudadanos, porque el objetivo final es crear riqueza bien distribuida y facilitar que cada persona pueda, dentro de unos márgenes, desarrollar su futuro vital. Por supuesto que ha de incentivar ciertos programas y dejar de lado otros, interviniendo de forma indirecta pero decisiva en el mercado. Pero ha de hacerlo siendo consciente en qué mundo, y en qué siglo, vive.

Falta un cuarto problema, por cierto: incentivos y valores. En mis dos últimas entradas sobre el tema ya lo dejaba caer, pensando en la responsabilidad que tienen los jóvenes en todo este embrollo. Francamente, esta entrada se está haciendo demasiado larga, y yo mañana tendría que madrugar para trabajar (como buen joven innovador), así que prometo, a no ser por causa de fuerza o noticia mayor, que la próxima será sobre este tema.

Ya sé que mis propuestas son, últimamente, más bien vagas y alejadas de lo que comúnmente se oye por ahí (por ejemplo, no dejen de leer esta buena idea presentada por Citoyen sobre indemnizaciones por despido). Pero es el precio que hay que pagar en las primeras etapas de la creatividad: más vale equivocarse, que ni siquiera intentarlo.


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