El Partido Popular me hace llegar vía Twitter (dos veces) su propuesta sobre la reforma de la educación en España (aquí, el PDF más extenso). Y me ha parecido lo suficientemente interesante como para dedicar un par de horas de mi primer día libre en semanas a leérmela y comentarla, ya que plantean ideas que se pueden entrar a discutir.
Eso sí: en la habitual línea ideológica del Partido, se mezcla una perspectiva liberal con otra de tinte conservador, centralista y con un deje moral. Mientras la primera puede ser muy fructífera en el contexto en el que nos movemos actualmente, planteándonos qué hacer con nuestra deriva económica, la segunda no parece tener mucho que aportar. Intentaré centrarme, por tanto, en la primera.
La organización de su documento, por cierto, es bastante caótica hasta llegar a las propuestas concretas, y el lenguaje poco tendente a la concreción, y más a la grandilocuencia y a los lugares comunes del discurso de policies: la distinción jerárquica entre “estrategia”, “pilares fundamentales”, “reformas imprescindibles”, “objetivos”, no está clara. Sus ideas, por eso, quedan desgraciadamente desdibujadas.
He hecho una selección comentada de las propuestas, aquellas que, insisto, no parten de un precepto moral y por tanto son discutibles en términos de policies, además de suponer una novedad respecto a lo que hoy existe (plantean otras muchas propuestas que sólo significarían profundizar o modificar ligerísimamente partes del sistema actual). Ahí van:
· Implantar mecanismos para premiar la excelencia en todas las etapas educativas.
Esta es una constante a lo largo de todo el documento. Claro está, cualquier medida que incentive la superación y el ir más allá será bienvenida. Se habla, asímismo, de proporcionar atención específica a los alumnos con altas capacidades. Esto resulta tan potencialmente beneficioso como peligroso, pudiendo desembocar en la bien conocida segmentación entre “buenos” y “malos” alumnos que se reproduciría en el mercado laboral. El PP propone, asimismo, establecer sistemas de refuerzo para aquellos que lo necesiten desde un primer momento. Hemos de ser conscientes de que no todo alumno puede tender a la excelencia, de que esta no ha de ser medida tanto en términos de resultados como de esfuerzo, si bien esta senda, llevada al límite, puede desembocar en el absurdo espíritu buenista de algunas partes de la LOGSE. El equilibro entre competitividad e igualdad ha de ser logrado, y el PP no lo ha trabajado lo suficiente en este documento, prestando excesiva atención sólo a uno de los dos lados.
· El inglés: comenzar con él, como muy tarde, con 6 años; ofrecer cursos intensivos de verano y ofertas de estancias en el extranjero; mejora de la formación permanente del profesorado; creación de centros bilingües públicos (en inglés y otros idiomas).
Yo iría aún más lejos: aumento de las horas de inglés a la semana de los alumnos, implantación temprana de un segundo idioma a elección, y reenfoque total y absoluto de la enseñanza de la lengua, aprovechando el hecho de que la inmensa cantidad de productos culturales consumidos por los niños y jóvenes en España está producida originalmente en inglés.
· Reducir la ESO a 3 años y aumentar el Bachillerato a otros 3 (sin que esto quiera decir una rebaja en la edad límite de la enseñanza obligatoria, que se quedaría en los 15 años).
Francamente, no veo la ventaja a este cambio: acabaría, exactamente igual que ahora, poniéndose todo el peso formativo en el último año, el previo a la Selectividad. Lo que hay que hacer es reducir aún más el peso de esa prueba (y cabría replantearse si realmente tiene sentido tal y como está enfocada ahora, como un examen casi universal) en favor de la nota media de Bachillerato. En ese sentido, el aumento de 3 años sí podría tener validez.
· Más exigencias hacia los alumnos, en todos los sentidos. Esto lleva a la propuesta de que no se pueda pasar de curso con más de dos suspensos (a no ser, claro, que haya un informe del Departamento correspondiente por situación extraordinaria).
Esto sólo vale si se realiza un trabajo personal con aquellos alumnos que hayan repetido, en conjunto con el contexto del mismo (la familia, vamos), donde suele estar la raíz del problema.
· Hacer que los Programas de Cualificación Profesional Inicial sí conduzcan a conseguir el graduado escolar, con un contenido esencialmente práctico y la dotación de un programa de becas-salario para aquellos que quieran continuar avanzando en el camino de la Formación Profesional. Nada que objetar, siempre que el control sobre estos programas sea férreo y aquellos profesores que los impartan no tengan sólo nociones técnicas, sino también de trabajo social.
· Favorecer el derecho al concierto educativo en aras de la libertad de elección con respecto a la educación de los hijos.
Este último punto reina en toda la propuesta: el derecho a que los padres puedan decidir libremente cómo y dónde se educan sus hijos. El conflicto con los supuestos socialdemócratas es aquí claro. La posición popular es que menos Estado hace más eficiente la educación. La respuesta es que el aumento de los conciertos y la dotación de un mayor grado de libertad en la elección de centro, sumada a otras que proponen de sistemas de evaluación, centros de excelencia e innovación educativa, etcétera, pueden acabar creando una fuerte segmentación entre centros de primera y de segunda. Y eso, la verdad, es lo último que España necesita.
· Entronizar al profesor: más incentivos (formación continua, movilidad hacia la Universidad) para atraer la “excelencia”, así como el reconocimiento de los profesores como “autoridad pública” en el ejercicio de sus funciones.
Dejando de lado la boutade de la Autoridad Pública, que por supuesto no servirá de nada, dudo que los profesores necesiten más incentivos o una vía de escape más clara hacia la Universidad: tienen buenos sueldos, y la enseñanza secundaria podría acabar siendo un puente para la universitaria, con lo que no conseguiríamos excelencia en el profesorado, sino dejadez. Más al contrario, mantendría esta puerta cerrada o sólo entreabierta hasta conseguir que el sistema educativo de secundaria y Formación Profesional fuese realmente excelente.
· Impulsar los centros de especialización curricular, con proyectos educativos diferenciados.
En cualquier cosa que signifique innovación y buscar nuevas fórmulas, no puedo sino estar de acuerdo. El problema es si esto se utiliza para aumentar el número de conciertos de manera indiscriminada. Los proyectos innovadores o de especialización también existen en los centros públicos: démosle un rol preferente.
· Profesionalizar y fortalecer la figura del Director de centro, que se acercaría más a un gestor con las necesarias habilidades para el cargo, al haber cursado tal carrera profesional.
A pesar de la atractividad inicial de esta idea, es necesario recalcar que el director lo es también del programa educativo del centro. Por tanto, ha de estar claramente integrado con el equipo de profesores, y no ser una figura externa impuesta, lo cual daría lugar sin duda a conflictos que acabarían perjudicando a los alumnos.
· Más acceso a becas, revisando el umbral actual para que más población pueda beneficiarse de este programa. Especial atención a las becas para estudiantes de Formación Profesional.
Me parece perfecto. Pero se ha de mejorar el sistema según el cual se evalúa quién tiene derecho a recibir una beca, para evitar situaciones estrambóticas como las que actualmente suceden.
· Equivalencia total entre el sistema nacional de cualificaciones de Formación Profesional y el sistema europeo.
Nada que objetar, es necesario para aumentar la movilidad laboral, y dudo que el PSOE no esté ya en ello.
· Establecer, con el fin de descender el 42% de paro juvenil, un Plan Extraordinario de Formación Profesional encaminado a cubrir la formación de 800.000 jóvenes encaminado a salvar esta situación extraordinaria mediante la inserción laboral.
Dudo mucho que esto sea una respuesta al paro juvenil: no podemos insertar a todos estos jóvenes en paro si el propio mercado no proporciona oportunidades. Este Plan sólo funcionaría en una situación en la que el paro fuese un problema friccional o de asimetría de información. Pero con una situación de paro cíclico (y estructural), hace falta algo mucho más gordo y profundo, y este gasto sin la consecuente reforma mayor, no tendría demasiado sentido.
· Hacer paralelas las prácticas en empresa y la Formación Profesional.
Imprescindible y necesario para que los que estudian una carrera profesional y técnica sientan que están haciendo eso, y no otra cosa.
· Asociar la Formación Profesional superior con la investigación y la innovación a través de “Centros Integrados de Alta Calidad”.
Ya existen ciertas iniciativas en este sentido, pero establecer una red de centros clave en lugares determinados que traten temas de interés, digamos, estatal, sería una buena idea. Sobre todo si se localizan en ciudades medias de gran potencial de crecimiento, con estructuras productivas especializadas, y se asocian con empresas privadas y con la investigación universitaria. Un ejemplo sería un centro en tecnología de alimentos y vino en Requena, participado por la Universidad Politécnica, su (ahora mismo bastante denostada) escuela de enología, y las distintas empresas de vino y embutidos de la zona.
· Establecer diversos sitemas de evaluaciones sistemáticas y externas a los centros educativos, asunto ahora bastante descuidado. Estas evaluaciones, además de en términos de calidad, se harían también con objeto de valorar si la estructura de programas de la Formación Profesional se ha de modificar para adecuarse a las demandas del sistema productivo.
Muy bien, pero bastante caro, la verdad. Si se hace, tendría que valer la pena en términos de aumento de eficiencia y flexibilidad dinámica de los centros: los resultados de los sistemas de evaluación deberían llevar directamente y de manera vinculante a medidas en uno u otro sentido. Estos sistemas, por lo demás, pueden caer fácilmente en círculos viciosos de incentivos perversos, por lo que su diseño ha de ser impecable.
Además de todo esto, insisto, plantean otras medidas que ya están en marcha (préstamos para postgrado, por ejemplo). Y otras muchas relacionadas con los valores de familia, nación, etcétera, que, francamente, no me parece útil ni siquiera entrar a discutir. Sin embargo, esta recopilación demuestra que, para sorpresa de muchos, el Partido Popular sí tiene algo que decir respecto a educación, y está poniendo propuestas sobre la mesa con las que podemos estar más o menos de acuerdo, pero que pueden ser discutidas, a la vista de que el Ministro Gabilondo parece decidido a llegar a un pacto por la reforma educativa. Lamentablemente, estas propuestas las hace con la boca más pequeña que cuando habla de otras cosas (y, además, los medios prefieren poner su altavoz en otros asuntos más polémicos, que venden más periódicos). Además, es posible las medidas más ligadas a la ideología conservadora lastren el debate hasta hacer imposible el pacto. Esperemos que no sea así.
Más allá de todo ello, lamento, cómo no, la falta de ideas más concretas sobre nuevas tecnologías, así como la necesidad de un cambio radical en la forma en la que cualquier alumno adquiere el conocimiento, a cualquier nivel, hoy en día. Eso, y otras muchas cosas. En una futura entrada, hablaré de mis propias ideas respecto a la reforma educativa de base. Que, como ya adivinareis, van bastante más allá de las reformas que tanto PP como PSOE están proponiendo.
