Hoy, Edgar Rovira me ha asaltado con una interesante cuestión: aquellos municipios pequeños, de, digamos, entre 2.000 y 40.000 habitantes, que no tienen una especialización productiva clara, ni disponen de una fuente de recursos destacable… ¿de qué viven? ¿Cómo subsisten en una economía como la actual, en crisis y con un, teóricamente, alto nivel de competencia entre regiones? Esta entrada es mi forma de contestarle.
Responderla sin salir de la teoría económica no es tan difícil. De hecho, la economía regional se ocupa, como disciplina, en responder preguntas como esta. Hay varias, como teorías en cualquier otra ciencia social: una de mis favoritas es la desarrollada por Krugman en su famoso Geografía y Comercio. En este libro desarrolla un modelo lo suficientemente sencillo como para ser comprendido por un neófito en la economía, pero también demasiado largo como para explicarlo aquí: baste con decir que en este libro y en otros trabajos (desde 1979 hasta la actualidad), Krugman fundamenta la dinámica centro-periferia en los esquemas económicos y de comercio interregional, lo cual explica bien la existencia de núcleos diferenciados. Porque tampoco pretendo aquí hablar sobre Krugman, sino añadir un toque más sociológico a todo este problema para relacionarlo con la cuestión de la innovación, antes que para explicarlo en sí mismo. Y la respuesta que daré es una hipótesis, he de advertir, que necesitaría de una profunda investigación cualitativa antes de darla como válida para los municipios españoles.
Imaginen un municipio de unos 10.000 o 20.000 habitantes que tengan mentalmente a mano, que disponga de un pequeño polígono pero sin ninguna industria dominante, con una dinámica demográfica más o menos estancada, una provisión más que suficiente de servicios públicos y privados, y cierto remanente de agricultura entre los habitantes más mayores, que la utilizan como entretenimiento o vía alternativa de subsistencia, pero casi nunca a modo de sustento principal. En Valencia, se lo aseguro, tenemos muchos de estos. Y seguro que se les ocurre alguno. Ese es el tipo de municipio sobre el que se preguntaba Edgar.
Ahora imagínenlo innovando. No les cuadra mucho, ¿a que no? ¿Por qué? Probablemente, porque no lo necesitan. Han tenido un desarrollo económico tranquilo y sin sobresaltos, sin hitos destacables, hasta que han desarrollado una estructura nada especializada, repartida, con mayor peso en comercio y servicios, y con una presencia del sector público probablemente algo desproporcionada con respecto al tamaño de la población. La actual crisis, por ejemplo, les afecta como afecta al conjunto de España: es grave, es profunda, deja heridas, se pasa mal, pero nadie muere de hambre. Y, en el fondo, nadie espera que así sea, y todo el mundo tiene la expectativa de recuperación como algo casi seguro, aunque ni siquiera lo enuncie en voz alta.
Cambiemos de municipio. Pongamos ahora otro que seguía un camino similar al del anterior, pero que, por las razones que fuere, sufrió un cambio considerado para bien: tuvo una oportunidad, un área en la que especializarse, intensivo en trabajo y con considerable valor añadido. Y la cosa salió bien, los habitantes empezaron a centrarse en esta rama de actividad y en todas aquellas anexas al mismo, hasta que la estructura productiva giró en torno a la misma. La población aumentó por encima de la media, el poder adquisitivo también, muy por encima de lo esperado. Como consecuencia, también el nivel de vida de la población mejoró: bienes y servicios de calidad, segunda residencia, cultura, calles bien cuidadas, y atractividad urbana en general.
Y llega la crisis, la presente, por ejemplo. U otra que sólo afecte a la rama de actividad en cuestión: da un poco igual para lo que nos atañe. El caso es que se produce una pérdida de poder adquisitivo, y por tanto un significativo empeoramiento de la calidad de vida. Teniendo las cuestiones de supervivencia y servicios públicos y sociales asegurados, ¿qué es lo primero que se plantea en este municipio? Probablemente, la necesidad de retomar el status perdido. Y si esto no es posible mediante presión a una entidad (véase una sola fábrica que cierra, que es un caso diferente), ¿qué les queda? Ellos mismos. Les queda innovar. ¿Por qué este sí, y el primero no? Por las expectativas generadas por parte de sus ciudadanos sobre su vida presente y futura, y el conocimiento de que éstas se han perdido si no se recuperan a través de nuevos medios.
En realidad, el segundo muncipio podría sencillamente languidecer hasta convertirse en algo parecido al primero, con el necesario “adelgazamiento” de su volumen de población vía emigración y envejecimiento de la población, cierto proceso de precarización laboral, social y cultural, etcétera. Y es posible que así sea. Pero si uno de los dos municipios ejemplificados tiene papeletas para innovar, es el segundo. Y si alguno las tiene para quedarse como está sin que un politólogo barcelonés acostumbrado a lidiar día a día con las innovaciones más punteras en materia de participación ciudadana entienda muy bien por qué, es, obviamente, el primero.
