Por si alguien no lo sabe, a las 18:20 de hoy, domingo 13 de diciembre, el Primer Ministro italiano, Silvio Berlusconi, ha sido agredido a la salida de un evento de su partido, en Milán. La agresión no ha sido excesivamente grave: un golpe en la cara que le ha producido fuertes hemorragias y una buena serie de contusiones. Poco más. No quiero entrar a discutir este hecho, sino cómo, en 2h. y 30min., la noticia se ha difundido por todo el mundo occidental.
A 10 minutos del suceso, la cosa comenzaba a circular por Twitter. La cosa ha ido más o menos así: al principio, 1 tweet por minuto, hacia las 19:20h., íbamos ya a uno cada 10 segundos. En los últimos 23 minutos, se han llenado las 100 páginas en Twitter que permite la búsqueda de la palabra “Berlusconi”. Eso son 1.500 tweets: más de 1 por segundo. La inmensa mayoría de ellos contienen enlaces a la imagen o al video de la agresión. En los que se ve a un Berlusconi que no se parece en nada a la dominante, poderosa, digna e impoluta imagen a la que Il Cavaliere intenta acostumbrarnos desde hace unos pocos años. Aparece desconcertado, indefenso, vulnerable, confuso y con rabia. Humano. Y eso es lo peor que le puede pasar a una persona que no quiere transmitir esa imagen.
En Facebook ya hay 24 grupos que hacen referencia al supuesto agresor, Massimo Tartaglia. Uno de estos grupos, el que se erige como masivo, suma 12.100 fans. En dos horas y media (12.855 diez minutos después). Parece un crecimiento más rápido que el del Manifiesto de nuestros gurús de internet, por cierto.
Los medios tradicionales y los medios sociales se han unido, al menos fuera de Italia, para dar la máxima difusión posible a este hecho y sobre todo a las imágenes que lo envuelven. Berlusconi no despierta simpatías fuera de su país, y todos, sociedad civil altamente informada, periodistas y editores se han unido para aprovechar la oportunidad de destrozar aún más su imagen.
¿Y dentro de Italia? Basta con aplicar un principio básico de sociología: cuando un grupo recibe una agresión clara, este tiende a cohesionarse en torno a sus preceptos. Si esta agresión es a un líder carismático, la cohesión será más pronunciada. Como hoy por hoy la violencia es algo políticamente muy incorrecto, la oposición al grupo no podrá justificar la agresión… con la boca grande. Pero sí lo hará en círculos privados y sotto voce. El grupo agredido lo percibirá así, y probablemente sus líderes usarán esta percepción para acusar a la oposición de que en el fondo se alegran de que haya sucedido la agresión. Esto, en un país como Italia, con una tradición de abuso de la demagogia tan arraigada, se convertirá en un círculo vicioso que no hará sino alejar posturas y mejorar la posición de Berlusconi… Con una salvedad: insisto en que su imagen de dominio invulnerable ha sido brutalmente violada. El poder simbólico de este hecho no puede medirse. Todo depende, insisto, de la instrumentalización que se haga del hecho por parte de los medios, los políticos y la sociedad civil (con internet) del país. Fuera de Italia, está claro: nadie parece llorar amargamente la agresión.

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