Haití es el país “más pobre del Hemisferio occidental”, esto ya es una muletilla, pero no por ello menos cierta: el 80% de los ciudadanos está por debajo del umbral de la pobreza, un 54% son extremadamente pobres. Y una inflación del 15%. Está en el puesto 37 de la clasificación mundial de mortalidad infantil (60 por 1000), y en el 181 de esperanza de vida (60 años). Un 2,2% de su población adulta tiene VIH (puesto 28 del mundo). El 48% de la población mayor de 15 años es parcial o totalmente analfabeta. Su historial de inestabilidad política es patente: hace sólo 6 años, una revuelta armada provocó un cambio de Gobierno: un proceso democrático auspiciado por la ONU (a través de la citada MINUSTAH) en 2006, con el resultado de un nuevo Gobierno democrático (al menos en apariencia) y políticamente cercano al que la revuelta hizo acabar. Con esto, parece que las cosas comenzaban, mínimamente, a funcionar. La ONU había aportado seguridad y cierta estabilidad, su PIB iba a ser de los pocos en crecer en la región, y las exportaciones venían aumentando considerablemente. El clima en la Administración Obama-Hillary era favorable a echar una mano al vecino largamente olvidado, y la gente del think tank Center for American Progress tenían una propuesta de futuro bastante interesante.
Haití, por cierto, no tiene ejército regular: las Fuerzas Armadas Haitianas existen “sobre el papel” pero están desmovilizadas.
Lo que sí tiene Haití es 9.700.000 habitantes. 700.000 viven en la capital, Puerto Príncipe. La Cruz Roja estima que unos 3.000.000 de haitianos pueden haber sido afectados (física, económicamente) por el terremoto, lo cual incluye toda la capital, centro político, económico y social del país. Incluso su Presidente, cuya residencia oficial se ha venido abajo, y que ahora, teóricamente, se encuentra alojado y concentrado con la mayoría de su Gobierno en el Cuartel General de la Policía cercano al Aeropuerto de L’Ouverture. Varios Ministerios, el Parlamento y la propia torre de control del propio Aeropuerto están seriamente dañados. De hecho, la ONU habla de un 50% de edificios destruidos en la zona de acción del terremoto. Las comunicaciones, en general, se han visto severamente afectadas, y están prácticamente interrumpidas a nivel de red efectiva. Las industrias manufactureras, los servicios y la agricultura, obviamente no se han librado: la actividad económica regular está prácticamente paralizada. Tampoco la élite cultural y política del país: entre los muertos hay decenas, cientos de altos funcionarios, reconocidos haitianos, músicos, etcétera. Y la delegación de la ONU (MINUSTAH, más de 8.000 efectivos) en el país también ha sufrido graves pérdidas humanas: entre ellas, las de sus directores operativos. Quedan, por cierto, pocos hospitales en pie y en buen funcionamiento. En Puerto Príncipe, según Médicos sin Fronteras, sólo dos realmente operativos.
La República Dominicana, país con el que comparten isla, está acogiendo incontables refugiados de forma más o menos controlada, pero ya ha reforzado seriamente las fronteras y advertido así, de manera implícita (y totalmente lógica), de que hará lo que tenga que hacer para proteger su territorio. [Actualizo: para entender mejor la relación Haití - República Dominicana, estas notas de Alex Guerrero vienen genial].
El Gobierno no está en el Cuartel General de la Policía por casualidad: necesitan protección desde ayer.
Haití ya no existe. La pregunta, ahora, es si volverá a existir. Haití se ha convertido no sólo en un infierno humanitario y a corto plazo, sino en un infierno de desarrollo: social, político, económico y de seguridad, a medio y largo plazo. Un infierno de policies. De acuerdo: ahora, lo primero es salvar la situación inmediata. Pero me gustaría creer en Joe Biden cuando dice, con todo el aplomo de su cargo de Vicepresidente de los Estados Unidos, que ya han asumido que la misión en Haití no es cosa de un mes, sino que se tratará de un largo proceso de reconstrucción en el que todos han de participar. También me gustaría creer en Sarkozy, cuando llama a Brasil, Estados Unidos y Canadá (por cercanía e implicación geográfica con Haití) a unirse para este proceso. Y, por último, me gustaría que nadie olvidase lo bien que, siempre dentro de los límites de lo posible, parece que lo estaba haciendo la ONU por allí.
