Les aviso ya de que esta va a ser una entrada destinada a plantear las preguntas adecuadas, más que a constestar otras.
Comencemos hablando del “cómo” con un dato fácil: el porcentaje sobre el total de ocupados en aquellas ramas de actividad que se inscriben de manera clara en lo que representaría un cambio de modelo hacia la innovación, I+D, conocimiento, etcétera:

Tenemos un 14,8% ocupados en estas ramas. Nada mal. Pero es algo engañoso:
· El 5,8% está en educación. Y si en algo está de acuerdo todo el país, es que nuestra educación no acaba de funcionar.
· El 1,15% está en “programación y servicios informáticos”. Este es un sector que más o menos conozco. Y, francamente, el grado de innovación en el mismo deja bastante que desear. En muchos casos por las exigencias de las propias empresas a las que se sirven productos informáticos, ancladas en soluciones que conocen.
· Estos dos sectores, educación e informática, son además los dos que más “tiran del carro” subiendo su porcentaje relativo de ocupados. Y teniendo en cuenta que aún así ha habido un descenso… Imaginen.
· El sector de servicios técnicos de arquitectura e ingeniería… Bueno, no es necesario que nos extendamos aquí sobre la dudosa calidad de la construcción en España, así como su escaso nivel de innovación.
Y así podríamos seguir con casi todas las demás ramas, hasta quedarnos con que tenemos un 0,25% de personal ocupado en empresas de I+D. Suena ridículo. ¿Pero es este dato esencialmente relevante?
Cualquier sector es susceptible de necesitar un mayor nivel de innovación, no sólo aquellos que, como los citados, casi lo producen per se. La Wikipedia en castellano no es maravillosa, pero su definición de innovación es excepcionalmente adecuada:
Innovación es la aplicación de nuevas ideas, conceptos, productos, servicios y prácticas, con la intención de ser útiles para el incremento de la productividad. Un elemento esencial de la innovación es su aplicación exitosa de forma comercial. No solo hay que inventar algo, sino, por ejemplo, introducirlo en el mercado para que la gente pueda disfrutar de ello.
La innovación exige la conciencia y el equilibrio para transportar las ideas, del campo imaginario o ficticio, al campo de las realizaciones e implementaciones.
Es decir, las verdaderas preguntas a contestar son: ¿Se genera innovación válida en términos de aumento y mejora de la productividad, así como de la satisfacción de necesidades humanas y sociales? ¿Ocupan estas personas y entidades puestos clave en el proceso productivo, existiendo relaciones entre las diferentes ramas de actividad? ¿Son capaces de transferir el conocimiento al mercado?
Y, además, ¿existen dentro de las empresas no innovadoras per se una capacidad de innovación? El fontanero, o el constructor, o el vendedor de periódicos que quiere innovar, ¿necesita contar con los servicios especializados de una entidad externa, o dispone de herramientas para innovar por su cuenta? ¿Puede formarse, de forma reglada o no? ¿Puede establecer redes de colaboración y cooperación con otros empresarios de su sector, o de otros con los que pueda crear sinergias?
Todas tienen un orden esencialmente cualitativo, aunque pueda (y deba) partirse de datos cuantitativos para contestarlas, deberíamos quitarnos la manía de basarlo todo en inversiones, número de empleos y demás relacionado con I+D y conocimiento. Estos datos, como hemos visto, son importantes y necesarios, pero nunca son suficientes de por sí.
