Es lugar común en cualquier propuesta, debate, crítica con respecto al sistema escolar español: el bajo nivel de inglés que este parece proporcionar a nuestros jóvenes. Bien obvio resulta que se trata del idioma necesario para cualquier proyecto de desarrollo económico o profesional, sea a nivel personal o como país. Mil y una ideas se han puesto sobre la mesa para solucionar esto: desde estancias en el extranjero hasta refuerzo de los propios profesores con intercambios, pasando por intentar ofrecer ciertas asignaturas íntegras en inglés, u ofrecer colegios bilingües. Sin quitar mérito a ninguna de ellas, voy a aportar yo otra más, que, francamente, no he leído a ningún sitio. Aunque no me creo que nadie antes haya dicho lo que yo diré.
¿Qué porcentaje de los productos culturales que consumen los menores de 25 años en España es, en origen, anglosajona? Series, programas, películas, música, páginas web, sistemas operativos… incluso libros. Así, un cálculo a vuelapluma… ¿un 70%? ¿Y qué hacemos que no aprovechamos ese potencial de manera sistemática? No me refiero a la típica actividad extra que cada mes o trimestre hace el profesor joven de poner a todos sus alumnos a traducir una canción, o a ver un video de Muzzy. Sino a acostumbrar a los niños desde el principio a consumir cultura en su lengua original, en este caso inglés, pero sirve igual para cualquier idioma. Al principio, claro, con sistemas de refuerzo, adecuados a sus capacidades cognitivas, etcétera. Pero es que me parece tan obvio… Quizá es porque es así como yo aprendí inglés de verdad: consumiendo cultura. No en las mediocres clases que se me impartieron en el instituto.
Por lo demás, el incentivo de consumo de productos culturales por los cuales una persona se interesa es mucho mayor que el “consumo” de ejercicios formales en una clase. Y no digamos ya el valor añadido del consumo cultural, que los ejercicios no tienen, en términos de formación general, entretenimiento, gusto por la cultura, curiosidad, etcétera. Claro, es necesaria la base gramatical, etcétera. No se trata sólo de ver películas. Yo tuve suerte, y tanto en mi colegio como en una academia privada, ese trabajo lo hicieron bien. Pero yo tuve que complementarlo, porque si no me quedaba en el clásico nivel “medio”, que en realidad es medio-bajo.
Pero no hablo de sustituir la enseñanza gramatical. Hablo de emplear los recursos que la producción cultural (que, por cierto, se ha multiplicado desde que existe internet, así como el acceso a la misma) como elemento básico en el aprendizaje y la inmersión de una lengua, y no como ocasional herramienta, además normalmente impuesta (“mirad esta película todos”, o “traduzcamos esta canción”, etcétera). Es un buen ejemplo de a qué me refería cuando hablaba el otro día de que necesitamos un cambio realmente profundo en la pedagogía empleada en todo nuestro sistema educativo.
Claro, que con todo esto, con el pago de derechos de autor hemos topado. Pero eso es harina de otro costal.
