Escritos de Jorge Galindo
El proceso social *Escritos de Jorge Galindo

Francamente, no sé si llegamos a ser plenamente conscientes del problema que tenemos con la juventud en España. Hace unos meses saqué este gráfico de crecimiento de la desocupación por edades en España y en la UE, bastante explícito, pero hoy voy a poner un par de datos más para ver si la cosa queda aún más clara.

Primero, el mismo gráfico, pero esta vez con una variable que, aunque más engañosa, es más familiar: el paro por edades.

Paro por edades

La diferencia entre España y cualquiera de las “dos” UE es abismal en todas las franjas, pero yo quiero centrarme en las cuatro primeras, de los 15 a los 34 años. Hemos multiplicado por dos el paro en esa franja de edad, mientras que en el mismo periodo, en la UE de los 27 el ratio de aumento es de 0,17.

Si quieren, podemos ver la tasa de paro por edades a II trimestre de 2009:

Paro por edad

Habla por sí sola.

Para terminar, bajemos del agregado de la UE a los países que la componen (y algún invitado de excepción proporcionado por el Eurostat), para ver cómo y dónde se ha generado más paro joven:

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Somos los subcampeones europeos en aumento por puntos porcentuales (+12,9%, sólo superados por Islandia), y los quintos si medimos por ratio, donde Islandia, Irlanda, y los países bálticos (Estonia, Letonia, Lituania) nos ganan. Pero sólo porque sus crisis han sido realmente catastróficas, en todos los casos.

Destruimos empleo juvenil al mismo ritmo que los mayores destructores de riqueza de Europa. No se trata de dejar de lado al resto de generaciones, no me malinterpreten: se trata de hacer una política equilibrada (la de ahora no lo es, pero tampoco es excesivamente justa con, por ejemplo, los mayores dependientes), acorde con las necesidades de todos los segmentos de la sociedad a la que va dirigida. De hecho, basta con extraer los ratios para ver que los ritmos de destrucción diferenciados entre España y UE son los mismos o mayores en todas las edades, es decir: generamos paro igual de “bien” a todos los niveles. Lo que pasa es que a) el nivel total de paro juvenil es muchísimo mayor, y b) nunca será suficiente todo énfasis que ponga en el punto de que no serán los de más de 35 quienes heredarán esta tierra.

¿Que qué parte de responsabilidad de todo esto recae sobre los hombros de los propios jóvenes? Probablemente, muchísima. No se trata aquí de pedir sin asumir sacrificios y hacer un profundo trabajo de autocrítica. Pero eso queda para la siguiente entrada de la serie.


Es lugar común en cualquier propuesta, debate, crítica con respecto al sistema escolar español: el bajo nivel de inglés que este parece proporcionar a nuestros jóvenes. Bien obvio resulta que se trata del idioma necesario para cualquier proyecto de desarrollo económico o profesional, sea a nivel personal o como país. Mil y una ideas se han puesto sobre la mesa para solucionar esto: desde estancias en el extranjero hasta refuerzo de los propios profesores con intercambios, pasando por intentar ofrecer ciertas asignaturas íntegras en inglés, u ofrecer colegios bilingües. Sin quitar mérito a ninguna de ellas, voy a aportar yo otra más, que, francamente, no he leído a ningún sitio. Aunque no me creo que nadie antes haya dicho lo que yo diré.

¿Qué porcentaje de los productos culturales que consumen los menores de 25 años en España es, en origen, anglosajona? Series, programas, películas, música, páginas web, sistemas operativos… incluso libros. Así, un cálculo a vuelapluma… ¿un 70%? ¿Y qué hacemos que no aprovechamos ese potencial de manera sistemática? No me refiero a la típica actividad extra que cada mes o trimestre hace el profesor joven de poner a todos sus alumnos a traducir una canción, o a ver un video de Muzzy. Sino a acostumbrar a los niños desde el principio a consumir cultura en su lengua original, en este caso inglés, pero sirve igual para cualquier idioma. Al principio, claro, con sistemas de refuerzo, adecuados a sus capacidades cognitivas, etcétera. Pero es que me parece tan obvio… Quizá es porque es así como yo aprendí inglés de verdad: consumiendo cultura. No en las mediocres clases que se me impartieron en el instituto.

Por lo demás, el incentivo de consumo de productos culturales por los cuales una persona se interesa es mucho mayor que el “consumo” de ejercicios formales en una clase. Y no digamos ya el valor añadido del consumo cultural, que los ejercicios no tienen, en términos de formación general, entretenimiento, gusto por la cultura, curiosidad, etcétera. Claro, es necesaria la base gramatical, etcétera. No se trata sólo de ver películas. Yo tuve suerte, y tanto en mi colegio como en una academia privada, ese trabajo lo hicieron bien. Pero yo tuve que complementarlo, porque si no me quedaba en el clásico nivel “medio”, que en realidad es medio-bajo.

Pero no hablo de sustituir la enseñanza gramatical. Hablo de emplear los recursos que la producción cultural (que, por cierto, se ha multiplicado desde que existe internet, así como el acceso a la misma) como elemento básico en el aprendizaje y la inmersión de una lengua, y no como ocasional herramienta, además normalmente impuesta (”mirad esta película todos”, o “traduzcamos esta canción”, etcétera). Es un buen ejemplo de a qué me refería cuando hablaba el otro día de que necesitamos un cambio realmente profundo en la pedagogía empleada en todo nuestro sistema educativo.

Claro, que con todo esto, con el pago de derechos de autor hemos topado. Pero eso es harina de otro costal.


El Ministro de Trabajo, José Corbacho, ha dicho hoy que “un país que deposita su suerte en la generación de entre 30 y 50 años va al fracaso”. Y yo no puedo sino estar de acuerdo. La diferencia es que él lo dice en relación con la polémica de las pensiones. Y yo, la verdad, creo que esta es una cuestión menor. El problema es no depositar nuestra suerte en la generación de 16 a 29 años. Porque será sobre sus espaldas sobre las que recaiga el futuro peso económico y social de España.

La medida de los 67 años me parece bien, valiente, etcétera. Pero me parece también centrar la atención en el lado equivocado de la pirámide demográfica. Un país en el que los menores de 30 montan grupos en Facebook diciendo “no” a una medida que les hará trabajar dos años más y no les afectará (si es que no cambia por el camino) hasta dentro de 35 años tiene un serio problema. Un problema de:

· Inserción en el mercado laboral y cualificación. Hay un desajuste claro entre el sistema educativo español en todos los niveles que pueden llevar directamente al trabajo (incluida la ESO) y lo que el mercado necesitaría (no necesariamente demanda) si queremos realmente cambiar nuestro modelo económico.

· Segmentación del mercado laboral y estructura de oportunidades en el actual modelo productivo. De esto ya hemos hablado largo y tendido, sobre todo otros, así que mejor no repetirnos.

· Focos de desarrollo de las políticas públicas. Las grandes políticas, las estatales, las que acaparan titulares y copan la agenda de los medios, los partidos y los ciudadanos de este país no suelen tener que ver con la juventud. Se centran, de nuevo, en las cohortes de entre 30 y 60 años.

· Incentivos y valores. No hay más que echar un vistazo a los datos de emancipación de los jóvenes y a las encuestas del Observatorio de la Juventud del INJUVE para constatar que existe un problema de independencia económica y emocional, de desafección política, así como de desarrollo profesional enfocado como un objetivo personal a largo plazo, entre los jóvenes de este país. Obviamente, ¿qué incentivos tiene un joven español, y de qué herramientas cognitivas/de aprendizaje, para cambiar todo esto? Poco o nada de ambas cosas, teniendo en cuenta que ni la educación es la más adecuada, ni el mercado laboral resulta acogedor y potenciador, ni la mayor parte del debate político gira en torno a ellos. ¿Y estos valores son una variable estrictamente dependiente? No, cuando ya existen entran en un círculo vicioso de retroalimentación bastante difícil de cortar.

Júntenlo todo, y tendrán un cóctel explosivo. El que actualmente se ve en España. Bueno, más que explosivo, desinflado, decepcionante y un tanto desesperante. Porque llevamos muchos años así, y nada ha explotado. Quitando, claro, el boom inmobiliario.

No se puede impulsar un cambio de modelo de desarrollo económico sin hacer de aquellos que ahora mismo se forman y entran en el sistema productivo uno de los principales focos de cualquier política o estrategia a desarrollar.

Es pura lógica.


Al fin este blog tiene un nombre distinto al anodino “Escritos de Jorge Galindo”. Pero, ¿por qué “El proceso social”?

Aparte de porque es corto, directo, descriptivo pero amplio, y fácil de recordar, por una cuestión esencialmente teórica, o de perspectiva. Tanto yo como la gente con la que trabajo pensamos que en la sociología se ha hecho demasiado hincapié en la noción de estructura. Casi cualquier elaboración o reelaboración teórica desembocaba irremediablemente en esta idea, incluso aquellas que parecían destinadas a dar más importancia a las situaciones de cambio (teoría de redes, la sistémica de Luhmann). Ideas más dinámicas, como las de Norbert Elias en su El proceso de la civilización, bien ocupaban un lugar marginal, bien sencillamente eran reelaboradas hasta encajar en una perspectiva más inmovilista que otra cosa. Los puntos de partida esencialmente micro, que ponen todo el acento en el actor, sea desde un punto de vista racional, sea desde un punto de vista psicológico-emocional-fenomenológico, tienen por su lado otras carencias: en ellas la sociedad es apenas apreciable, casi un telón de fondo. Todas las perspectivas, estas y aquellas, tenían y tienen mucho que aportar, pero faltaba algo. Había que desbloquear la sociología.

La noción de proceso puede ser un buen punto de partida. Porque implica la agencia del individuo, sobre cuyas espaldas recae el peso de creación y recreación continua del entramado social, pero sólo abordable a través de una perspectiva que va más allá de la atomización, que considera que es en las relaciones, en la interacción, donde se construye la dinámica que llamamos sociedad, y que a su vez condiciona, siempre en cierto grado, el desarrollo posterior de la misma. La idea de proceso como sucesión no necesariamente lineal pero sí observable de cambios evoca todo esto, incluyendo las características de “memoria” y de emergencia. Estamos, por supuesto, trabajando en su formulación operativa (de qué sirve un paradigma si no es operativo), partiendo siempre de las experiencias de investigaciones propias y ajenas (de qué sirve un paradigma si no se relaciona sistemáticamente con la práctica científica). Y, cómo no, a hombros de gigantes que ya han hablado largo y tendido de esto: no, nadie descubre aquí América, nadie inventa nada con la idea de proceso.

Sí, asumimos los grados de racionalidad de los actores y, faltaría más, de acción estratégica. Los incentivos, por supuesto. Las redes, faltaría más. Pero igualmente asumimos la emoción, la percepción, los puntos de encuentro entre biología, psicología y sociedad. Y, por supuesto, la emergencia, la memoria, la no linealidad y la complejidad. Y con todo ello, el concepto de sistema dinámico y abierto. De proceso, en definitiva. Sí, sabemos que suena imposible, a mínimo que se conozcan todas estas líneas. Pero, realmente, pensamos que todas estas perspectivas, lejos de ser incompatibles per se, están condenadas a jugar juntas. Claro, que para ello hacen falta dos cosas: un gran esfuerzo de integración para crear una base común desde la que trabajar; y, paradójicamente, trabajar antes de que esta base común esté creada. Porque el movimiento se demuestra andando, y, en este caso, investigando, más que debatiendo sobre lo epistemológicamente divino y humano.

Vamos, pues, a ello.


No suelo hablar de politics ni de comunicación, eso se lo dejo a otros que saben mucho más sobre el asunto, pero acaba de terminar el último gran discurso de Obama, y no lo puedo resistir.

Las dudas sobre el primer año de mandato de Barack Obama crecían conforme se acercaba el momento del discurso del State of the Union. La oposición, incluso parte de su partido, los medios de comunicación, internet, los ciudadanos, la opinión pública internacional… Todos miraban atrás con cierto tono de decepción pensando y diciendo que la gran esperanza de cambio no había hecho nada.

Y ahora el momento ha llegado, y Obama ha empezado haciendo lo que tenía que hacer: dar la vuelta a esa situación. Ha convertido un momento de evaluación sobre el “estado de la Unión” en un gigantesco anuncio de sus planes inmediatos, del “futuro de la Unión”. Y no, no son pocos, estos planes, ni ligeros. Somera enumeración por orden de aparición en el discurso:

· Medidas varias para pararle los pies a “Wall Street”

· Plan de creación de empleo centrado en la pequeña y mediana empresa.

· Apuesta por las infraestructuras. Ha mencionado a los trenes, incluso, diciendo que no hay razón por la cual Europa o China tengan mejores y más rápidos trenes que Estados Unidos.

· Apuesta por la energía nuclear, por la eficiencia energética y por las energías renovables.

· Iniciativa para aumentar la competitividad y por tanto las exportaciones de la agricultura y las industrias estadounidenses: quiere doblar el volumen exportador de USA en cinco años.

· Trabajar por los community colleges y otras reformas en el ámbito de la educación.

· Y, sólo después de todo eso, la sanidad. Cuando ya ha puesto sobre la mesa todo el resto de sus ideas, viene a decir: “y además, esto sigue adelante con inciativas renovadas”. Sin mención, es cierto, a cómo se desarrollará el hipotético proceso de aprobación. Cosa que preocupa a los expertos y conoisseurs, pero no al común de los mortales.

· Pero, deja claro: el déficit quedará congelado. Una comisión bipartita se encargará de controlarlo.

Además, al acabar con este repaso, por si fuera poco, elabora una diatriba brillante sobre la lacra del partidismo y del dominio de las politics mediáticas sobre las policies. Al más puro estilo Jed Bartlet: “dejemos nuestras diferencias a un lado y hagamos lo posible por conseguir lo mejor para Estados Unidos, y para el mundo”. Tras todo esto, ya puede encargarse tranquilamente (incluso se le nota más distendido) de otros asuntos, particularmente de política exterior, pero también igualdad, homosexuales en el ejército, inmigración, etcétera. Y, por último, llega la redención: “nunca dije que el cambio fuese a ser fácil”, “sé que mi Administración ha sufrido reveses, pero sé que no es nada comparado con lo que han sufrido y sufren muchas familias. Y eso es lo que me hace seguir día a día”. Y la esperanza: “ha llegado un nuevo año, una nueva década. Aprovechémoslo para alcanzar nuestro nuevo sueño, y fortalecer nuestra Unión una vez más”.

Es un esquema discursivo casi perfecto, impecable, trufado de improvisaciones aquí y allá (leve sarcasmo, ternura), pero, sobre todo, adaptado perfectamente a la situación en la que se encontraba, a su momento en el calendario.

Claro que habrá críticas duras. Claro que la gente hablará, bien y mal, y fatal. Pero no se trata de eso: se trata de sobre qué hablarán. Ha ido al ataque, a imponer su agenda pública, y ahí está la clave.

Muchos por aquí deberían aprender de esto.

[Actualización: un análisis completo, aquí].


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