Escritos de Jorge Galindo
El proceso social Escritos de Jorge Galindo

Hacer un análisis exhaustivo de los resultados de la EPA ya no tiene sentido, porque siguen siendo los mismos que hace seis meses: estamos estancados en un altísimo nivel de paro y no somos capaces de crear ni un poquito de empleo porque la economía no tira. Así que he intentado entresacar algunos datos más o menos interesantes:

- La tasa de población activa ha vuelto a niveles de finales de 2008 (60,13%), subiendo en todas las franjas de edad menos en la de 25 a 29 años. Los que se quedan haciendo un master o similar, vamos. De hecho, la tasa de actividad de los titulados universitarios ha bajado. Y, vaticino, más que bajará en el cuarto trimestre, cuando empiecen las clases en septiembre.

- Consecuentemente, el número total de parados ha bajado en el grupo de 25 a 29 años. Pero no ha sido tanto por la creación de empleo como por la “retirada” de activos. Seguimos (y lo que nos queda) teniendo un problema de proporciones descomunales con los jóvenes.

- En el análisis por ramas de actividad, durante los dos últimos años (IITrim.2008-IITrim.2010) el sector de activos que más se ha incrementado es el de personas que han dejado su último empleo hace más de 1 año. Tenemos 1.200.000 más de estos. El segundo, adivinen cuál es: sí, los trabajadores de las Administraciones Públicas y de sanidad y servicios sociales, casi 400.000 más. Seguidos de parados que buscan su primer empleo, 163.000 más. Por supuesto, han sido la construcción y la industria manufacturera los que más activos han perdido: 737.000 y 605.000 respectivamente.

Y ya no saco más, porque cuando uno comienza a analizar, francamente, no puede sino deprimirse un poco, por muy fría que ponga la mente.


¿Existe algún tipo de base empírica o científica para justificar la forma en la que el Gobierno del PSOE se ha comportado desde el inicio de la crisis, o es todo atribuible a mera descoordinación y caos interno? Claro que hay algo de lo segundo, pero no sólo. Existe una cierta línea que se ha intentado llevar adelante, creo, y buceando en Google Scholar, he encontrado un artículo de Maravall y Przeworski que nos puede ayudar en la labor de responder a la pregunta del título. Los autores trabajan con encuestas del CIS y de empresas privadas para el periodo 1980-1995, en el que se enmarcan 5 elecciones generales y otros tantos Gobiernos distintos, de dos partidos (UCD y PSOE). A mi juicio, llevan demasiado lejos sus conclusiones, ya que la muestra diacrónica no es lo suficientemente amplia. Además, personalmente tiendo a coger las encuestas electorales con pinzas muy largas. Pero en la parte más general de sus conclusiones sí hay información que puede ayudarnos a entender a qué lleva jugando el PSOE desde hace un año y medio, cuando no tuvo más remedio que aceptar la crisis y su gravedad. Voy a ir entresacando citas más o menos literales del artículo y los aprendizajes que  se extraen aplicados al momento actual.

En síntesis, Maravall y Przeworski apuntan a cinco categorías de comportamiento electoral-económico por parte de los votantes, complejizando la postura tradicional de “economía bien = apoyo al Gobierno, economía mal = apoyo a la oposición o indecisión”. Aquí nos interesan dos, particularmente (la negrita es mía, para destacar ambas):

“La gente puede considerar los resultados económicos pasados como malos, pero creer que mejorarán si al gobierno se le permite continuar en el poder. Por lo tanto, aunque las valoraciones retrospectivas sean negativas, el castigo al gobierno carece de sentido: sus políticas, aunque dolorosas, son la causa de las expectativas optimistas. Estas posturas son «intertemporales». Los votantes «intertemporales» atribuyen la mala situación actual al gobierno, pero piensan que conducirá a un futuro mejor, y su desaprobación es lo suficientemente baja como para que las expectativas pesen más que las dificultades presentes”

“La gente puede esperar que el futuro sea malo, al margen de cuáles sean sus valoraciones retrospectivas del pasado. Es decir, puede considerar los resultados económicos pasados y los esperados en el futuro en términos recu- rrentemente negativos, o creer que se deteriorarán. Pero no responsabilizan al gobierno de estas evaluaciones negativas, cuya causa ven en el legado de la mala gestión económica de gobiernos anteriores o en fuerzas que escapan al control de cualquier gobierno. Los votantes son pesimistas, pero no castigan al gobier- no. La oposición no es una opción mejor. Estas posturas son «exonerativas». Los votantes «exonerativos» son pesimistas sobre el futuro: sólo piensan que al gobierno no cabe atribuirle la responsabilidad por el mal funcionamiento de la economía, y/o que la oposición es una alternativa peor. los votantes jóvenes tendieron más a exonerar a los gobernantes en las cinco fases económico-políticas”.

El Gobierno está jugando claramente con estas dos categorías. Su discurso es, en esencia, una mezcla de buscar la culpa en el exterior y en la “etapa de crecimiento inmobiliario” (pasado, al fin y al cabo, dominado por el PP, y atribuirse la responsabilidad del futuro dorado que espera a España. De hecho, en el estudio, los autores extraen que:

“En países que afrontan la necesidad de reestructurar la economía, los gobiernos tienen mayor credibilidad cuando presentan las dificultades actuales como temporales, como una transición que conduce hacia un futuro mejor”.

Además,

“Los individuos no infirieron el futuro del pasado y se sintieron mucho más optimistas ante el futuro que satisfechos del pasado”.

En este mismo sentido, ha estado jugando también con la dimensión ideológica y de compromisos políticos… hasta hace unas pocas semanas. Me explico. El PSOE podía recurrir de manera velada a sus compromisos históricos e inalienables con la dimensión social de la política y el Estado, a la lucha de clases incluso (recordemos a Zapatero levantando el puño en Rodiezmo no hace tanto), hasta que la coyuntura económica ha reclamado recortes que afectaban al Estado de Bienestar, al menos bajo la perspectiva de la prensa y de la oposición de cualquier color. Es entonces cuando la “responsabilidad” de la que hablábamos ha entrado en juego, y los compromisos de votantes pasados, los grupos afines ideológicamente se han difuminado en su público objetivo, dirigiéndose ahora al conjunto de la nación (acérrimos del PP excluidos). Maravall y Przeworski afirman:

“Una crisis económica profunda y una historia de políticas fracasadas pueden reducir la aversión al riesgo y aumentar la tolerancia a reformas dolorosas. Si éstas se inician a tiempo y son radicales, la resistencia se minimizará, los pasos dados se considerarán irreversibles y se podrá reanudar el crecimiento antes (…) si un gobierno no puede reclamar un mandato para la reforma, incumple sus promesas electorales, retrasa sus reformas o está en el poder durante mucho tiempo, será incapaz de evitar las culpas o disfrutar de la condescendencia de los votantes a lo largo del tiempo: como consecuencia, se enfrentará a una mayor resistencia social y a un mayor castigo electoral”.

Abundando en lo que apuntábamos en el párrafo anterior, hace más de un año que la necesidad de “reformas” está sobre la mesa. El propio concepto de “cambio de modelo productivo” es una marca PSOE. Pero estas reformas no se acaban de concretar, por varias razones: descoordinación interna, miedo a pisar callos de colectivos afines, cálculos electorales excesivamente conservadores. De tal modo que da la impresión de que el Gobierno está retrasando las reformas. Impresión avivada por la oposición y por los medios de comunicación. Esta indecisión es la que le puede salir más cara de todo el juego, si en 2012 se llega con una situación de crisis económica importante y la consiguiente sensación de que el Gobierno no ha hecho lo suficiente para solucionarla. Ante una segunda reelección, la mirada retrospectiva pesa más que la prospectiva, a no ser que haya un lavado de cara integral en el equipo de Gobierno (lavado que parece estar cada vez más lejos).

En definitiva, el PSOE ha jugado a varias bandas, intentando mostrar responsabilidad mientras no se aventuraba demasiado en el camino de las reformas confiando en actitudes “intertemporales” y “exonerativas” por parte del electorado, guardando los compromisos políticos e ideológicos característicos de su base ciudadana. Pero da la impresión de que le ha pillado el toro, y no ha podido nadar y guardar la ropa. Con el pasado hecho unos zorros, sólo le queda un camino: hacia adelante.


Citoyen insiste en su “hostilidad” hacia buena parte del argumentario del catalanismo actual, que gira en torno a la “identidad”, la “nación” y otros conceptos que a él se le antojan abstractos e inaprehensibles. En su artículo enuncia tres tipos de posturas independentistas o nacionalistas que le parecen coherentes y comprensibles (aunque no las comparta), mientras que es incapaz de lidiar con los argumentos identitarios. Dice que estos, o bien ocultan a las tres posturas “coherentes”, con lo que impedirían un debate claro sobre la cuestión de la organización del Estado, o bien son una “forma extremadamente primitiva, cursi y repelente de ver la política, no como un área dónde se gestionan problemas colectivos y tener un proyecto de sociedad más justo, sino como un diván de psicoanalista en el que curarse las penas”.

Por supuesto, lleva desde la publicación respondiendo una buena cantidad de comentarios a la defensiva o al ataque de catalanes más o menos identificados con el argumentario identitario. Y la discusión no lleva a ningún sitio, porque cada uno se queda en su postura de forma casi inamovible.

Hace ya más de 70 años que Thomas enunció su famoso teorema: “si los hombres definen situaciones como reales, son reales en sus consecuencias”. Si ellos creen que son una nación, lo son. Que la postura no nacionalista entre a discutir con la nacionalista olvidando esto sólo lleva a una espiral de conflicto dialéctico en la que ninguna de las dos partes acepta desde la base los argumentos del otro. Como ciudadano, soy tan poco amigo de los argumentos identitarios como Citoyen. Sin embargo, la cosa es que para muchísima gente tiene importancia, son reales en algún nivel. Y sus consecuencias lo han sido, y de hecho lo serán más a medida que, por poner un solo ejemplo, el PSC se separe del PSOE. Claro que preferiría debatir en términos de proyecto real de futuro, pero no sólo yo marco el ritmo y los contenidos del debate. Creo que la postura más eficaz es tener en cuenta la enseñanza de Thomas, mirar al nacionalismo a la cara y decirle: “OK, para muchos de vosotros sois una nación porque de hecho os definís como tal. Y ahora, qué implicaciones se supone que debe tener este hecho”. Aceptando como real lo percibido por el adversario en la discusión política (y lo es, en tanto que percibido, y de ahí no le vas a sacar aunque saques toda la artillería de “pacto social” que existe en la filosofía política), se minimizan (paradójicamente) sus efectos, y se puede hablar de cosas serias, como la gestión de los impuestos o el modelo educativo.

Ojo: esto sólo vale mientras la aspiración no sea la secesión inmediata y haya peligro de que la violencia entre en juego, es decir, siempre y cuando nos quedemos dentro de un marco de reglas democrático. Fuera de él, las cosas cambian. Pero vamos, hablamos de Catalunya, no de Irlanda del Norte.


Parece que este agosto se me van a ir al traste mis largas vacaciones planeadas gracias al trabajo que nos está entrando. Eso significa que tengo que gastar la mayor parte del verano en Valencia, lo cual es, la verdad, bastante aburrido. Así que voy a ocupar parte de mi tiempo dejando caer en este espacio (que para eso es mío) reflexiones aleatorias sobre sociedad, política, economía, tecnología y demás. No sé cuántas habrán, no sé cuándo pararán. Sólo sé que serán varias, y serán ligeras, fresquitas, improvisadas y poco rigurosas. Si los periódicos y los telediarios lo hacen, ¿por qué no yo?

La primera, en la frente: ¿es el poder intrínseco a una persona, grupo, situación o contexto? ¿En qué medida depende del reconocimiento que de él hacen los otros?

En un burdo ejercicio de categorización, podríamos discernir entre “poder objetivo” y “poder subjetivo”. Es fácil ilustrar esta diferenciación con dos ejemplos:

Poder objetivo = tanque.

Poder subjetivo = autoridad moral.

Resulta evidente que la autoridad moral no lo es para todo el mundo y en todo momento. Yo no reconozco autoridad alguna en Rouco Varela porque soy agnóstico (a ratos, ateo) y ni siquiera estoy bautizado. Sin embargo, soy lo suficientemente empático y analítico como para ver su poder al constituir una autoridad moral para mucha otra gente. En un tanque, aparentemente no hay discusión: el conductor del vehículo puede aplastarte con él, y tú no tienes otra opción que la de reconocer este hecho y apartarte.

Pero, ¿es tan sencillo como eso? Incluso el conductor de un tanque, puede ser despojado de buena parte de su poder en tanto que los otros no reconozcan en el vehículo una capacidad de control. ¿Implica eso una actitud irracional, o un fallo perceptivo? Que se lo digan a esta persona:

Probablemente, en este caso el ciudadano reconoce su poder frente al tanque, en tanto que este no puede pisarle. Es un juego, determinado por el contexto. El ciudadano sabe que están en medio de una revolución en la que el mundo entero tiene los ojos puestos. Probablemente no haría lo mismo en mitad de una batalla.

El poder objetivo del tanque sigue ahí: ceteris paribus, puede aplastarle. Sin embargo, su cualidad subjetiva está por encima, y es con la que juega el ciudadano para ponerse delante del mismo. No lo hace necesariamente de una forma pausada y reflexionada, pero sí (siempre) contextualizada.

Concluyendo: el poder tiene una dimensión de reconocimiento externo, subjetiva, que muchas veces (obviamente, no siempre) condiciona la intrínseca u objetiva. Esto es bastante poco materialista para una tarde de julio.

Por cierto, seguro que algún científico social brillante ha tratado este tema en profundidad. Si es así y Usted lo conoce, tenga a bien dejar la referencia en los comentarios.


Leyendo un muy buen artículo de Julio Garriga sobre las redes sociales en el marketing, me he encontrado con un postulado que se lee en casi cualquier artículo “general” sobre social media, que se encuentra en prácticamente cualquier presentación 2.0 que se precie:

(…) El hecho que las redes sociales estén en Internet les dota de algunas características singulares, como la pérdida de control sobre lo que pueda suceder (…)

La negrita es mía para resaltar la idea de pérdida de control. Es algo así como un mantra: con los social media el emisor pierde el control y el receptor (convertido a su vez en emisor) lo gana. Que, además, se explica como oposición a lo que sucede en el MundoReal o fuera de internet.

Veamos. Control es la capacidad de dirigir un acontecimiento o serie de acontecimientos en función de unas preferencias u objetivos marcados. Obviamente hay grados en esta capacidad. Cuando uno actúa como un emisor tradicional, dentro o fuera de internet, su grado de control se ciñe a elegir qué mensaje va a lanzar, cómo, cuándo (o cuántas veces, de la misma manera o de formas distintas) y dónde lo va a hacer. Lanza el mensaje, y espera a ver qué sucede con él. Los receptores lo toman, lo filtran individual y socialmente, y lo transforman. Sin embargo, cuando uno actúa como emisor en los social media, no sólo decide todo lo dicho anteriormente, sino que además controla una pequeña parcela del filtrado social, porque participa activamente en la conversación a través del medio en el que se produce. Y no sólo eso, sino que también tiene acceso a una monitorización de la conversación, que ahora es pública y accesible, y con ello puede ir adaptando su mensaje. En realidad, su capacidad para cumplir sus propósitos ha aumentado con los social media, con lo que ha ganado control.

Si quieren, se lo puedo explicar aún más claramente: una marca (empresa, institución, partido político, persona famosa) no puede conocer, acceder ni muchísimo menos intervenir en los millones de conversaciones que sobre ella tienen lugar cada día en cafeterías, casas, escuelas, lugares de trabajo, la calle. Pero sí tiene una capacidad de conocer, acceder y hasta cierto punto (depende del grado de centralización y de los medios disponibles) intervenir en las conversaciones que se producen en internet.

En definitiva, un desplazamiento de la conversación hacia internet es una ventaja para aquellos que quieren tener un mayor control sobre ella. Claro, que esto también tiene una dimensión horizontal. El ciudadano de a pie también puede conocer, acceder e intervenir en la conversación sobre la marca de una manera más notoria y sin intermediarios. En un plano teórico, puede llegar a tener una gran capacidad de influencia. En la práctica, esta se ve limitada por la enorme diferencia de recursos, y por la lógica conversacional: si hay mucha gente hablando, en internet también se forman corrillos. Al final, quien tiene acceso a todos ellos es la marca.


Este es el blog de Jorge Galindo. En él hay textos más bien analíticos sobre economía, política, sociedad y más. Está publicado bajo una licencia Creative Commons que se resume en que cualquiera puede usar el material aquí publicado siempre y cuando cite la fuente. Si le ha interesado este blog, suscríbase para recibir las entradas. Otros blogs interesantes (y mejores) sobre temas similares: